Por Álvaro Rodríguez Arregui

Lou Gerstner, el CEO de IBM que le dio la vuelta a esta empresa a finales de la década de 1990 decía que “un escritorio es un lugar muy peligroso desde donde observar el mundo”. Me gustaría robarme su concepto e ir un poco más allá: Una posición de alta dirección de una empresa grande es un lugar muy peligroso desde donde mirar el mundo.

Durante 10 años, tuve el privilegio de servir como parte del liderazgo de grandes empresas en México. En 2007, hice un pivote en mi carrera y, desde entonces, he trabajado en el negocio de financiar y acompañar a emprendedores de alto impacto. Esta experiencia me ha dado una perspectiva muy diferente de las cosas.

Cuando era parte del liderazgo de grandes empresas, compartía la visión de que dentro de la firma lo podíamos todo; que teníamos mejor talento que cualquier Pyme o proyecto emprendedor; que no había forma de que un emprendedor o una Pyme tuviera una mejor solución a un problema que la que podíamos lograr internamente; que si accedías a incorporar la solución de una Pyme o un emprendedor a tu empresa, parecerías débil o incompetente; que si contratabas los servicios de un emprendedor y fracasaba, parecerías un negligente, pero, si contratabas a una gran empresa, nadie te culparía.

Después de haber trabajado con emprendedores durante casi 12 años, hoy me doy cuenta de que el mejor talento está en los emprendedores (a fin de cuentas, si soy de alto calibre, yo quiero tener el mayor upside posible); que los emprendedores son mucho más ágiles y creativos para encontrar soluciones; que los emprendedores son quienes están más apasionados en resolver los problemas, mejorar las experiencias del cliente y crear ofertas de valor más atractivas.

Cuando el statu quo de una empresa grande está muy poco amenazado (que es el ambiente competitivo que vive la mayoría de las grandes empresas en México) es muy difícil salirte del estado de arrogancia para empezar a ver el mundo de manera diferente y aceptar que puede haber mejores soluciones ideadas fuera de las murallas de tu corporativo. Raramente reconoces que las ideas y la propiedad intelectual valen.

En países con un ambiente más competitivo, como el de nuestro vecino del norte, muchas de las grandes empresas se han visto obligadas a alcanzar la suficiente humildad como para aceptar que hay soluciones emprendidas fuera de su corporativo que pueden ser mejores que las creadas internamente. Una de las principales maneras que han encontrado para aprender y acercarse a estas soluciones emprendedoras es dedicando recursos para invertir en emprendedores o startups. A esto, generalmente, se le llama corporate venture capital (CVC).

Hasta el tercer trimestre de 2018, las empresas en Estados Unidos habían invertido 39,300 millones de dólares (mdd) en más de 1,000 proyectos emprendedores; hace cinco años fueron 15,200 mdd y, hace 10 años, 10,000 mdd. En 2018, esto significó 47% de todas las inversiones en startups en ese mercado; hace cinco años, era sólo el 32%.

Por ejemplo, Google realiza un esfuerzo de fusiones y adquisiciones como lo tiene la mayoría de las grandes empresas. Dentro de ese departamento hacen adquisiciones de empresas que consideran estratégicas para su negocio y que pretenden integrar a sus operaciones. En adición a su esfuerzo de fusiones y adquisiciones, tienen un fondo de CVC que, en su caso, se llama Google Ventures. Desde Google Ventures, ellos hacen inversiones minoritarias con la lógica de lograr retornos extraordinarios y, además, con el propósito de estar cerca del mundo emprendedor para conocer las últimas tendencias de la innovación. Hay muchos otros ejemplos de CVC. Éstos, en esencia, establecen un presupuesto multianual de inversión (o sea, crean un fondo de inversión) y contratan a un equipo dedicado a invertir esos recursos.

Entre las transacciones más emblemáticas del año pasado destacan, por ejemplo, las inversiones de Toyota en Uber (por 500 mdd) y en Getaround (por 300 mdd). Otra transacción relevante fue la inversión de JP Morgan, Citigroup y Wells Fargo (de 32 mdd) en Axoni.

En México, el concepto de corporate venture capital empieza a abrirse paso, aunque aún es prácticamente inexistente. Por ejemplo tanto, Femsa como Arca Continental, han creado sus CVC asignando recursos con objeto de crear un fondo para ser invertido en proyectos emprendedores o en fondos de venture capital y han contratado a un equipo dedicado a realizar y dar seguimiento a esas inversiones. Este tipo de casos son alentadores. Espero que muchas otras empresas mexicanas sigan su ejemplo.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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