El pasado 5 de febrero hubo movimientos en los mercados financieros que no pueden pasar inadvertidos. Vimos cómo el principal índice de la bolsa de Estados Unidos (EU) cayó 4.15% (la mayor caída en un día, en seis años y medio) y los bonos de 10 años del tesoro estadounidense llegaron a su tasa de mercado máxima desde 2014.

Uno de los principales catalizadores fue el anuncio del incremento de salarios en EU, que aumentó la probabilidad de que una mayor inflación pudiera desencadenar un alza en las tasas de interés. El mayor cambio de ese día, sin embargo, fue la volatilidad.

Los mercados se habían mantenido relativamente estables durante los últimos dos años y medio. El índice que mide la volatilidad (VIX) se mantuvo prácticamente sin cambios, e incluso alcanzó niveles históricamente bajos, hasta que, súbitamente, subió 115.6% el 5 de febrero, lo que representa el mayor incremento porcentual desde 1990.

Este cambio es importante porque, hasta hace poco, la opinión sobre el futuro era bastante unánime.

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En 2010, por ejemplo, Mohamed El-Erian acuñó el término “la nueva normal”, para referirse a una era donde las tasas de crecimiento económico, inflación e interés se mantendrían indefinidamente bajas. Para muchos, esto “justificaba” valuaciones cada vez más altas para los mercados de capitales. Si tomamos en cuenta métricas de valuación relevantes, encontramos que están en los mismos niveles históricos alcanzados antes de los colapsos de la bolsa de 1928, 2000 y 2007. Por ejemplo, el múltiplo Precio / Utilidad cíclicamente ajustado de la bolsa estadounidense es de 33.4 veces, cuando su promedio histórico es 16.8 veces.

Conforme el crecimiento económico global se aceleró, las opiniones sobre el futuro empezaron a divergir. El crecimiento provocó la preocupación de los bancos centrales por la inflación: la Reserva Federal y el Banco de Inglaterra comenzaron a subir sus tasas de referencia y el Banco Central Europeo (BCE) está disminuyendo la compra de bonos, aunque, por otro lado, la inflación en EU todavía es baja.

En un escenario así, es “natural” que los mercados presenten una sensibilidad mayor ante un mínimo indicador de inflación, ya que ésta puede significar el fin del estímulo monetario de los bancos centrales.

Sin embargo, la volatilidad que vimos esa semana no es del todo “natural”. Se debe señalar que instrumentos de ingeniería financiera la han amplificado y han distorsionado una métrica que comúnmente se usa para medir el riesgo.

Durante este periodo de tasas bajas y valuaciones altas en los mercados de bonos y capitales, muchos inversionistas empezaron a buscar retornos con instrumentos de ingeniería financiera que pagaban cuando la volatilidad permanecía baja.

Según estimados de Artemis Capital, estas estrategias que apostaban contra la volatilidad representaban dos billones de dólares (bdd) al cierre de 2017. La estructura de estos instrumentos genera que, a medida que crece su posición, ésta alimenta una menor volatilidad, hasta llegar al punto en que pudiera dejar de ser un instrumento de medición del riesgo, para convertirse en una potencial fuente del mismo.

No sabemos cuándo ni en qué forma nos sorprenderá la siguiente crisis; pero, si partimos de que la economía se rige en ciclos que pueden ser magnificados por los “espíritus animales” (el comportamiento humano no racional), podemos asegurar que llegará.

Hoy, los mercados parecen tener una “reserva extra” de volatilidad escondida, que puede presentarse con o sin crisis y que podría ser determinante para causar una.

Por eso, es muy importante que los inversionistas siempre tengamos claro que la volatilidad y los productos que se derivan de ella no son activos que generen valor, y tampoco son medidas de riesgo reales (si definimos al riesgo como la probabilidad de una pérdida permanente de capital). Sin embargo, la volatilidad puede ser nuestro mejor aliado, debido a que, sin ella, no podríamos encontrar activos reales a precios de descuento, y esto último es la única forma de minimizar el riesgo en las inversiones.

 

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