Todas las transiciones políticas se rigen por el principio de incertidumbre; a todo cambio de régimen pueden preceder los más variados escenarios. La explosión ciudadana del 2 de julio se fundamenta en un consenso originario: el rechazo y hartazgo por la administración saliente.

Sin embargo, también representa la convergencia de expectativas, intereses y expresiones muy diversas. El 1 de diciembre representa el inicio del ejercicio de esa voluntad ciudadana y para el nuevo gobierno llega la hora de cumplir con las demandas y exigencias de la sociedad mexicana que apostó en su favor.

Ya en México se dio la oportunidad histórica de un viraje profundo, de un ajuste integral y de un cambio efectivo en la vida política; desafortunadamente, las transformaciones esperadas fueron abortadas, se perdieron valiosos años en demagogia, cerrazón, excesos y fantochadas que orillaron a una involución todavía más corrompida y decadente.

Por ello, es imprescindible que la ciudadanía no pierda de vista su actitud crítica, postura incisiva y presencia fiscalizadora. El nuevo gobierno no puede fallarle a la gente; aprendiendo de sus predecesores, debe enfrentar los riesgos que pueden hacerle tropezar en el camino:

La influencia negativa de los mismos de siempre. Esos detractores y corruptos de los ámbitos mediático, empresarial y político que se han infiltrado y enquistan la función pública.

Es la hora de materializar el discurso de campaña, fueron años de hacer grandes negocios a expensas del erario; disfrutaron de los privilegios y fueron cobijados en la impunidad, son de carne y hueso, tienen toda la experiencia para transitar de la mano de la hipocresía y las apariencias.

Cumplir con la ley no es revancha, es la ley a secas, ese fue el mandato popular.

La articulación de los actores, grupos y protagonistas del cambio. Todos los funcionarios de gobierno están obligados a trabajar de forma impecable, dinámica y progresista. No solamente ocupan un puesto, cargan con la responsabilidad de decirle a la gente que el cambio ahora si va en serio.

Además de incorruptibles, deben ser ejemplo de gobernanza, liderazgo y eficiencia en la política pública. Verdaderos representantes populares a la altura, enfocados en recuperar la confianza en el servicio público; sin menoscabo de su origen y sencillez, tienen que desplegar el mayor de los esfuerzos.

Habrá errores, retrocesos y experiencias; pero deben descartarse los excesos, los protagonismos y no perder el rumbo, mantener la unidad, integridad, congruencia y solidez es obligatorio.

El gobierno para todos. La obra pública debe ser competitiva, es necesario un nuevo modelo de selección, inclusión y participación en el gobierno y debe incluirse en el cambio a todas las expresiones y posturas ideológicas.

Las cúpulas existen, son cerradas y limitan la movilidad social, económica y política. Se aferran a los recursos públicos; cierran las posibilidades de competencia, clasifican, ahogan y censuran a sus críticos.

La sociedad tiene que seguir empujando para que el presupuesto tenga un efecto positivo sobre el bienestar, el desarrollo y el crecimiento de México. Hace falta -en efecto- una renovación republicana con las leyes en la mano, nuevas instituciones, una nueva cultura y un nuevo estilo de gobernar.

Habrá mucha presión para que el cambio de régimen se manifieste en la realidad cotidiana de la gente, en las calles, el costo de la vida, la mejora en la educación, la salud y los servicios públicos en general, por lo que es necesario impulsar también una nueva cultura ciudadana que lo sustente y acompañe.

El exceso y saturación de la demanda popular. Si bien los acuerdos y la participación ciudadana son expresiones democráticas fundamentales; también es necesario establecer un orden de prioridades, existen grandes pendientes que demandan la urgente atención del gobierno.

Lo primero es político, lo segundo es administración pública pura. Al arbitraje y mediación de las demandas sociales, precede y antecede la gestión, el servicio y la eficiencia. Hacer del gobierno una entidad socialmente responsable, moderno, altamente tecnológico, requiere de imaginación, voluntad política y compromiso.

Esta oportunidad histórica debe ser para el bien de todos. Se debe ahorrar y ser austero, pero -ante todo- visionario y vanguardista. Existen las tecnologías, los modelos y las herramientas para convertir a la burocracia en una entidad dignificada, rentable y vinculada armónicamente con la sociedad a la que sirve.

 

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