Una vez que han pasado las convenciones de los partidos republicano y demócrata es claro que uno de los mensajes que se puede extraer de ambos eventos es que los dos partidos, en mayor o menor grado, están dándole la espalda a la dinámica de apertura comercial e integración con la economía global que Estados Unidos ha sostenido e incrementando desde la década de los setenta.

Hoy más que nunca parece que acuerdos como el TTP están agonizando y que la eventual renegociación del TLCAN es una posibilidad latente.

Frente a tal posibilidad y las implicaciones de una integración más lenta y una postura más proteccionista en cualquier de los dos potenciales gobiernos (republicano o demócrata), México debe comenzar (tardíamente) a repensar su modelo de crecimiento económico.

Si el comercio internacional sigue siendo la carta fuerte del crecimiento, entonces el país va a continuar por un largo tiempo en una ruta de bajo crecimiento con todos los costos sociales que ello implica.

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Es cierto que México se ha beneficiado de su apertura comercial, es un exportador de clase mundial en algunos segmentos manufactureros y tiene una gran integración en las cadenas de valor de industrias como la automotriz y la aeroespacial; también es cierto que el mayor acceso a mercados internacionales no se ha visto reflejado en una tasa elevada de crecimiento. Durante los últimos 30 años, México ha crecido a una tasa promedio de alrededor del 2.4%; esto significa que nuestra economía está duplicando su tamaño más o menos cada 29 años.

Para poner un ejemplo, si la economía tan sólo creciera en promedio 1% más cada año, se duplicaría en 20 años; si creciera 2% más, se duplicaría cada 15 años; si creciera a la famosa y prometida tasa de 6% anual, se duplicaría cada 11 años. Al pensar en el poder multiplicador del crecimiento y sus implicaciones en términos de calidad de vida, de generación de empleos y de reducción de la pobreza (cuando es un crecimiento inclusivo) entonces podemos apreciar que cada décima que perdemos de crecimiento es como un robo al bienestar de todos, en especial a las generaciones futuras.

 

Contenido nacional

¿Cómo podemos saber si la apertura comercial en México ya ha llegado a su límite en aporte al crecimiento bajo el actual modelo económico?

Una forma de apreciar este hecho es al estimar el valor agregado del contenido nacional en las exportaciones del país. Desde el año 2000, las exportaciones mexicanas tienen un 64.8% de valor agregado doméstico, hecho que refleja un estado de madurez en las cadenas de valor en México y en la región del TLCAN.

De hecho, si analizamos las estadísticas comerciales de México en el sistema ICIO (Inter Country Input Output) de la OCDE para el año 2011 podemos apreciar que no sólo hemos fallado en incrementar en general el valor agregado de las exportaciones, sino que la industria que más valor agregado genera ni siquiera es manufacturera, es extractiva y es la minería con el 12.9% de todo el valor agregado de las exportaciones, seguida por la manufactura de vehículos con el 9.4% y por el sector turístico con el 9.1%.

Hoy en día tres cuartas partes del comercio internacional ocurren en bienes intermedios y sólo una cuarta parte ocurre en bienes finales. México está muy bien integrado en dichas cadenas de valor y produce un fuerte número de bienes intermedios. Sin embargo, importa otros tantos bienes intermedios que no ha podido desplazar con producción local. México exporta mucho pero no invierte mucho, ni genera encadenamientos propios en la cadena de valor.

Fuente: Elaboración propia, con datos de TiVA, OCDE.

Fuente: Elaboración propia, con datos de TiVA, OCDE.

Una vez entendiendo que la realidad comercial de México es agridulce y que nuestro gran éxito también está acompañado de fallas que limitan su potencial, podemos pensar en la oportunidad que se presenta por los cambios en la economía política del comercio internacional en Estados Unidos como una oportunidad para cambiar el modelo económico y hacer uso de otros motores de crecimiento.

México necesita perseguir una política industrial enfocada en las ventajas comparativas dinámicas que tienen las distintas regiones del país, necesita comenzar un proceso de actualización industrial e invertir fuertemente en las partes de las cadenas de valor que son de alto valor agregado. México necesita pensar en ser competitivo no a través de mano de obra barata como hasta ahora, sino a través de una mayor productividad e innovación.

Afortunadamente, los cambios en la economía política del comercio en Estados Unidos hacen una critica a la continuación de la integración comercial cuando se da con socios con bajos salarios y malas condiciones laborales de los trabajadores, como en México; por lo tanto, si México busca evitar ser catalogado como un socio que practica el “comercio injusto” es tiempo de aceptar que debemos mejorar las condiciones laborales en el país y que necesitamos tener incrementos salariales, comenzando por el salario mínimo, pero no exclusivos al mismo. Por mucho tiempo, México ha tenido fuertes ganancias de productividad en diversos sectores que no se han visto apropiadamente recompensadas con mejores salarios.

 

Crecimiento inclusivo

La coincidencia de estos cambios es afortunada, porque la teoría económica –en particular la teoría de los salarios de eficiencia– nos dice que si queremos mejorar la productividad del trabajador, una forma de hacerlo es pagarle mejor. Una mejor paga incentiva el compromiso, la acumulación de capital humano por medio del aprendizaje, una menor rotación y, por tanto, menores costos de entrenamiento, y sobre todo es una señal poderosa para incentivar el incremento de los logros educativos al elevar el retorno a la educación.

Si México desea crecer más y crecer de forma inclusiva, entonces se requiere que se le dé prioridad al mercado interno. En un mundo más proteccionista o con tendencias más regionalistas se abren nuevas oportunidades para explotar el potencial interno; por ejemplo, John Ravenhill, uno de los teóricos más prominentes de la economía política internacional actual, señala que las corporaciones suelen preferir arreglos regionales sobre globales al permitirles desarrollar economías de escala sin exposición a una competencia global en la que no podrían adaptarse con suficiente velocidad, a la vez que estimulan la inversión nacional y extranjera en la infraestructura necesaria para servir a los mercados regionales y con el tiempo extenderse a otros mercados.

De cierta manera, lo que Ravenhill nos quiere decir es una modernización del argumento de política industrial de Alexander Hamilton; si México desea crecer y hacerlo de forma inclusiva es tiempo de que piense en un mayor gasto social y una política fiscal redistributiva en el gasto y progresiva en la recaudación, es necesario que incentive los logros educativos para que el país acumule el suficiente capital humano para acceder a los sectores y mercados de mayor valor agregado, y es necesario que haga una mejor regulación en términos de competencia en casi todos sus sectores, en especial el financiero.

Los cambios en la postura comercial de Estados Unidos no traerán consigo el fin del comercio internacional ni de la globalización, pero sí tendrán un efecto sobre su funcionamiento, demandando una mayor sofisticación para aprovechar las relaciones comerciales y hacia un comercio estratégico.

Por esa razón, México tiene que cambiar su modelo económico y mirar hacia su industria y su mercado. Sólo así verdaderamente podrá explotar su apertura en la nueva era de la globalización que está en camino.

 

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