Estimado lector: Hoy no le vengo a escribir sobre Donald Trump y los empleos manufactureros perdidos en Estados Unidos, o de cómo fue la tecnología, y no México, la culpable del  88% de la pérdida de los mismos en los últimos 17 años.

Hemos tenido suficiente con ese tema. Es mucho más interesante hablar sobre las otras profesiones que se podrían ver afectadas en el futuro por cambios tecnológicos que ya vemos hoy.

¿Será posible que otros empleos que, a simple vista, parecerían de mayor “valor agregado”, también estén bajo amenaza? La respuesta es sí, y lo es en muchas industrias, en particular en la que he participado durante los últimos 20 años: las inversiones en los mercados financieros.

En las dos décadas pasadas, hemos visto un crecimiento inaudito de las inversiones pasivas; estas inversiones sólo buscan imitar el comportamiento de distintos índices bursátiles sin que exista una selección de las empresas o activos que los conforman o un proceso de decisión de inversión como tal. En buena parte, esto se debe a las facilidades tecnológicas, las cuales han generado una mayor eficiencia para replicar el comportamiento de los índices, que no son más que canastas de activos representativos de países, regiones o sectores económicos.

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Estimados de la industria indican que, en los últimos años, se han creado cuatro fondos de inversión pasivos (ETF, por sus siglas en inglés) por día. The Wall Street Journal, con datos de Mornigstar, estima que este tipo de fondos pasivos pasaron de ser propietarios, en promedio, de casi 5% de todas las empresas de S&P 500 (una canasta de las 500 principales empresas de Estados Unidos) en 2005, a tener cerca del 12% de todas las acciones de estas empresas.

Pueden imaginarse a qué voy con esto. Por un lado, de acuerdo con Bill Miller, de Legg Mason Capital, el 70% de los gestores “activos” en realidad son índices “closeteros” que, por su similar selección de activos, acaban comportándose como un espejo de los mismos índices que buscan superar en retornos.

Por otro lado, los fondos pasivos son operados por “robots” de manera automática, eficiente y baja en costos. Así, no es muy difícil ver que hay una gran cantidad de empleos bien pagados en riesgo.

Claro, como inversionista, entiendo que ésta no será la única consecuencia de la transformación tecnológica, y observo que los factores que rigen los precios y la asignación del capital en los mercados ya están cambiando.

El cortoplacismo es una de las consecuencias más tangibles de ésta y otras tendencias. Les comparto un dato alarmante: a mediados del siglo XX, en la Bolsa de Estados Unidos, el periodo que los accionistas invertían en una empresa era de cuatro años. Este periodo de tenencia ha caído consistentemente y, para el año 2011, todas las empresas cambiaron de dueño cada 22 segundos.

Otra consecuencia visible es el efecto de las inversiones pasivas en la función principal de los mercados financieros: la asignación eficiente del capital. Por su naturaleza, los índices invierten ciega e indiscriminadamente entre un grupo de activos, sin importar las características individuales de sus componentes; en otras palabras, no importa si una empresa está por quebrar y otra en etapa de crecimiento, todas se venden o compran en paquete.

El resultado de esto sólo puede ser un mayor desajuste en las valuaciones en general y mercados financieros más sensibles, es decir, mayores y más frecuentes diferenciales entre los precios del mercado y el valor real de los activos.

Por estas razones, vivimos un momento histórico para poder aprovechar las oportunidades que genera la volatilidad en los mercados financieros. Lo digo convencido: los inversionistas que buscan valor en los activos y que están dispuestos y capacitados para sortear las variaciones en los precios y mantener sus inversiones en el largo plazo pueden estar tranquilos… su trabajo no está en riesgo.

 

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