“Todo lo que aprendas, dedícate a aprenderlo con la mayor profundidad posible. Los eruditos superficiales producen demasiado frecuentemente hombres mediocres y presuntuosos”: Silvio Pellico

La frivolidad es como esos vestidos que se pusieron de moda y que todo el mundo usa, con independencia de si les queda bien o si les ayuda a verse mejor. Es como una indumentaria que la gente se ajusta de la misma manera en la que las hermanastras de Cenicienta se quieren poner la zapatilla de cristal. Y, debo decirlo, es como una mancha que aparece en la nuca y que no podemos ver, alguien nos tiene que advertir o tenemos que miraros al espejo para descubrirla. Ahí empieza una las grandes dificultades del tema. La frivolidad nos lleva a no conceder a nada la importancia que merece, se pierde la seriedad, el sentimiento o el interés requeridos y sólo piensa en el aspecto divertido o lúdico de la vida. La consecuencia es que la persona se vuelve insustancial y veleidosa; ligera y de poca sustancia.

La frase de Eduardo Galeano “Estamos en plena cultura del envase. El contrato de matrimonio importa más que el amor, el funeral más que el muerto, la ropa más que el cuerpo y la misa más que Dios” sirve de base para comprender los efectos de la frivolidad. Estamos distraídos y le vamos concediendo importancia a aquello que tal vez no lo tenga. Nos fijamos en los efectos y no preguntamos por las causas. Las consideraciones en torno a la frivolidad se vuelven urgentes cuando las afectaciones se hacen evidentes, pero no se quieren admitir.

Recientemente, estuve coordinado un grupo de ejecutivos de alto nivel. El reto que teníamos enfrente era reflexionar en torno a la fuga de cerebros de las instituciones a su cargo y plantear una solución para conservar talento. Las respuestas que se buscaban por parte de los consejos directivos de las empresas que representaban requerían de un trabajo serio de reflexión y de investigación comprometida. En nuestra primera reunión, se pusieron sobre la mesa las asignaciones que se deberían llevar a cabo. Se dejó claro cuáles eran los trabajos que se deberían realizar, el tiempo que se iba a necesitar, el plazo de entrega, las especificaciones. En fin, todos sabían con claridad a qué se estaban comprometiendo. Es preciso aclarar que las tareas demandaban tiempo de reflexión, no eran complicadas, pero sí eran desafíos que los sacaban de su zona de confort. Cabe aclarar que la participación en el proyecto era voluntaria y que todos iniciaron con gran interés y mostrando mucho entusiasmo. Sabían que habría junta de seguimiento y había el encargo de que estas no duraran más de dos horas. Sería algo ejecutivo para verificar avances y tomarle el pulso al proyecto, así como compartir las experiencias mientras se desarrollaban las actividades.

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Las primeras reuniones fueron interesantes y la participación fue activa. Sin embargo, el ánimo fue decayendo conforme iba aumentando el grado de compromiso y se acercaba el momento de la entrega de resultados. Mientras las juntas se trataron de dar opiniones a bote pronto, todo era miel sobre hojuelas, cuando se necesitó sustentar los dichos, generar evidencia, o apoyar las opiniones, muchos bajaron las manos. A dos semanas de concluir el proyecto, empezaron las quejas, los lamentos y hubo quienes mostraron abiertamente su hartazgo y frustración. La incomodidad se fue permeando entre algunos de los participantes que quería más tiempo, menos rigor para la entrega, más facilidades. De la totalidad de los participantes, un siete por ciento abandonó el proyecto, un treinta por ciento entregó su parte sin cumplir con los estándares. Del 53% que entregó en tiempo y forma sólo el 15% lo hizo con la gallardía de quien asumió el compromiso en su totalidad, es decir, se organizó, asignó prioridades, se tomó el tiempo necesario, hizo que se requería y cumplió a cabalidad.

Al terminar este proyecto, me quedé con una sensación curiosa. La preocupación inicial por el problema que íbamos a abordar era legítima en todos los participantes, pero falló el compromiso. Todo iba bien mientras no entráramos en las aguas profundas de la reflexión. Cuando se los hice notar, nadie lo aceptó. Entre la levedad de los chistes que se hacen para romper el hielo, la plática ligera en la que se intercambian las tarjetas de presentación, las palabras de café y las sonrisas, todo iba caminando a buen paso. El problema surgió cuando el avance dependió de presentar respuestas sofisticadas, que se sustentaran en algo más que la fragilidad del lugar común. Claro, nadie quiso aceptar el fondo del problema. Eso, sí, al final, incluso los que no entregaron los resultados querían plasmar su nombre en el proyecto. El cerebro se me hacía moño.

Y, es que la frivolidad nos lleva a buscar reconocimiento a como dé lugar, incluso cuando no hemos cumplido con la tarea que nos toca. Es el resultado de premiar por participación y no por mérito. Hemos minimizado tanto al mérito que ya da lo mismo llegar en primer lugar que en último: todos van a recibir una medalla por haber estado ahí. Entonces, reducimos la preparación y el entusiasmo del que sí hizo todo el trabajo, llevó a cabo el esfuerzo y el empeño necesarios para llegar en primer lugar. Lo igualamos con el que llegó y su sola presencia ya le valió un reconocimiento. Cuando premiamos igual al primero que al último lugar, demeritamos a uno y frivolizamos su resultado. Hacemos las cosas al revés.

La sabiduría de la vida consiste en cumplir lo mejor posible con nuestros deberes individuales: familiares, profesionales o sociales, y a la vez, sin perder nunca de vista el para qué de todo lo que hacemos ni el verdadero fin de las cosas que poseemos ni el de nuestra propia existencia. Como decía Silvio Pellico, al darle vuelo a la frivolidad, hemos propiciado un caldo de cultivo en el que se florecen la mediocridad y la petulancia. Porque, quienes reciben un aplauso sin merecerlo, terminan creyéndose acreedores a la felicitación. Por ello, se conforman con hacer poco o nada y exigen reconocimiento.

La queja de muchos empresarios que no logran retener talento, la de muchos profesores que se sienten solos en el salón de clase, la de consejeros que no se sienten escuchados, la de trabajadores que no se sienten respetados, la de muchos entrenadores que no consiguen motivar, corre por los mismos rieles. Hay un dejo de frivolidad que frena el compromiso, hay un punto de arrogancia que lleva a creer que esforzarse es lo de menos, participar es lo que cuenta. Y, como cuenta Esopo en su fábula de la liebre y la tortuga: nos vamos llenando de sujetos que se duermen en sus laureles y observamos como las tortugas son cada vez más escasas. La frivolidad incide directamente en los resultados y en la calidad de estos. Es un efecto evidente de la porosidad de la exigencia, del privilegio a la inmediatez de la respuesta y de la complacencia por encima del compromiso. Hablar de ello y pensar en el tema nos puede llevar a cambiar el rumbo.

 

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