Un crecimiento verdaderamente orgánico y natural implicaría, quizás, una mayor inversión en subsidios públicos y privados que abran camino a los miles de productores para hacer más competitivos sus precios.

 

 

Por Adriana Rodrigo

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Al buscar en Google: “¿dónde comprar productos orgánicos en México?”, quién pensaría que siendo el mayor productor orgánico de América Latina aparecerían sólo 20 tiendas o restaurantes de los que cerca de 50% se encuentran ubicados en la Ciudad de México, en las colonias Roma y Condesa. Entre las más sonadas están The Green Corner, Aires de Campo y algunos mercados especializados.

Con una inversión de 232 millones de dólares en 2012, México ocupa el tercer lugar mundial en número de productores certificados con 169,707, después de India y Uganda, según el estudio The World of Organic Agriculture realizado por la IFOAM y la FIBL; además, es el primer exportador mundial de café orgánico, y el sector en general tiene un crecimiento proyectado de cerca de 20% anual.

Es innegable la capacidad de deslumbramiento de estas cifras. Sin embargo, la Secretaría de Economía informa que 85% de la producción orgánica mexicana se exporta a Alemania, Francia y Estados Unidos (dato relevante que, en primera instancia, inspiró esta columna). No hay que ser experto para deducir que el panorama es más alentador a nivel económico y, sin duda, se presenta un poco decepcionante a nivel social.

En un país de contrastes y extremos a nivel socioeconómico, como sucede en la mayoría de los que llamamos emergentes, no es sorprendente encontrar escenarios opuestos y contradictorios: por un lado, se presenta un desarrollo económico equiparable, en ciertos aspectos, al de potencias mundiales y, por otro, un atraso espectacular en temas de carácter básico, como la salud y la seguridad alimentaria.

En México contamos con la segunda mayor tasa de obesidad en el mundo, casi al nivel de Estados Unidos. Y, en contraparte, somos testigos de una tendencia creciente que demanda una amplia oferta de productos orgánicos, vegetarianos, sin gluten o aptos para celíacos. Es el vivo reflejo de una brecha social abismal entre dos realidades comprobables.

Los resultados de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) 2012 muestran que 71.3% (48.6 millones de personas) de los mexicanos padecen de sobrepeso u obesidad. De la mano, la OCDE ubica a México en el primer lugar mundial en la prevalencia de diabetes en la población de entre 20 y 79 años.

Podría dedicar dos artículos a la problemática de la obesidad y la diabetes y al crecimiento exponencial del sector orgánico. Pero separar realidades o evadir la comparabilidad de datos y estadísticas siempre ha sido una herramienta poderosa para instituciones o empresas que se escabullen para no ahondar en temas álgidos, que desatan la controversia y el debate.

Resulta más interesante que lo anterior, integrar dichos temas para fomentar un análisis diferente y evaluar hasta dónde asumimos la responsabilidad en estos asuntos, como una decisión personal por mantenernos saludables y seguir una tendencia cool, y hasta dónde comprendemos que no es un problema individual sino colectivo.

Orgánico es de origen natural, de la tierra y, desde una visión simplista, alimentarnos de la huerta debería ser más sencillo y más barato. Resulta difícil digerir que los productores orgánicos tengan grandes retos, como el incremento de costos, tanto por el bajo rendimiento de la siembra al prescindir del uso de químicos, como en los procesos para certificarse por entidades gubernamentales o sellos internacionales que avalen el producto.

Aunado a esto, el factor “moda” cataloga lo saludable (más allá de lo orgánico) como premium, lo que deriva en un incremento de hasta 30% en los precios de productos básicos como verduras, leche o arroz. Por ende, estos artículos van dirigidos a un selecto grupo de consumidores más pudiente que la masa.

Disminuir la desigualdad social en materia alimenticia puede consistir en acercar la oferta de productos saludables al ciudadano de a pie y así, quizá, no sea tan necesaria una guerra en contra de los productos que a todos nos encantan, que por falta de acceso a otras opciones o a una educación nutricional sólida han sido el foco principal de diversas iniciativas y leyes.

Un crecimiento verdaderamente orgánico y natural implicaría, quizás, una mayor inversión en subsidios públicos y privados que abran camino a los miles de productores para hacer más competitivos sus precios y, como consecuencia, lograr en un mediano plazo que 85% de la producción orgánica alimente a los mexicanos. En fin, contemplar a nivel político y empresarial una visión más amplia y resolutiva puede derivar en estrategias innovadoras que, sin duda, transformarían la realidad actual. Como en su momento lo dijo sabiamente la madre Teresa de Calcuta: “No me inviten a una marcha contra la guerra; si es en pro de la paz, entonces iré.”

 

Adriana Rodrigo es socia y directora de Grupo Axius.

 

 

Contacto:

Twitter: @ARodrigoY

 

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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