El fin de la administración es prevenir el caos y el del liderazgo dar dirección. Ambos tienen un punto de convergencia que no se puede soslayar dado que es la piedra fundacional de su naturaleza: la autoridad. Es decir, entendemos que un líder es más un promotor que un ejecutor, por lo tanto, se debe ejercer la facultad de mandar y para ello existe un orden jerárquico sin el cual todo se desarticula. El líder manda y los demás se subordinan, así es, así ha sido siempre, sin importar si la cadena de mandos es muy plana o si existen diferentes escalones. Siempre habrá quien dicte el rumbo y otros que sean seguidores. Para ello, las reglas sirven como complemento perfecto para que la convivencia en cualquier tipo de organización funcione de manera armónica. El gran problema se presenta cuando los límites se desdibujan y los elementos adoptan conductas que no corresponden con su responsabilidad o con su posición dentro de un organismo. El líder debe ejercer y si las cosas se desordenan, es su responsabilidad aplicar las reglas y evitar el caos. Para decirlo claro: tiene que poner a todos en el sitio que les corresponde.

Por supuesto, para que una organización trabaje en forma adecuada, el líder debe entender los básicos: qué es lo que hace, lo que le da naturaleza; cómo es que lo debe hacer, el estilo que debe imprimir; cuáles son los recursos con los que cuenta; qué rumbo sigue y cuáles son las reglas del juego. Un líder debe tener clarísimo estos conceptos para evitar confusiones y para que llegado el momento sepa con convicción lo que debe hacerse sin que le tiemble la mano.

Siempre he creído que el mundo de los deportes es muy similar al terreno empresarial. La semana pasada, en un partido de tenis del torneo de Cincinnati, pasó algo que vale la pena analizar. Es el típico caso de un caos reinante que nos sirve de caja de Petri para observar. Un tenista tan espectacular como Nick Kyrgios se salió de control cuando el árbitro lo amonestó por estar ocupando más tiempo del necesario para sacar al inicio de cada juego. El deportista, que es un hombre muy controversial, adoptó una conducta totalmente inadecuada, gritó, faltó al respeto a su contrincante, al juez de silla, rompió raquetas y terminó escupiendo mientras aún estaba en la cancha. Además, perdió el partido. Sucedió de todo, se disipó la misión, se trastocaron los valores y se torció el rumbo.

La controversia vino después: Kyrgios no es el primer tenista en demostrar conductas antideportivas en la cancha y que se atreve a desafiar y a faltarle al respeto a la autoridad. El ejemplo de Serena Williams, de John McEnroe o de Jimmy Connors viene al recuerdo. Escuché a varios comentaristas deportivos decir que todo era lamentable, pero que este tipo de jugadores son sumamente taquilleros. Entonces, el debate fue en torno al ejercicio del juez de silla. Cuando una persona tiene en sus manos a un integrante que se sale de control y empieza el caos, debe ejercer la autoridad y aplicar las reglas con energía. Es su responsabilidad ejercer sus facultades de arbitraje y sancionar.

En esta condición, vale la pena recordar que la misión del juego de tenis es ser un deporte de honor con reglas de caballerosidad. Los estilos que cada tenista le imprima a su juego tienen que circunscribirse a la misión de este deporte. No es rugby, no es futbol, no es básquetbol y quienes ejercen la autoridad deben tener en cuenta que los participantes decidieron participar en un espectáculo cuya naturaleza está ligada a una serie de reglas que se deben respetar. Si esto no sucede así, el caos reina.

No es trivial lo que sucedió en Cincinnati, el ejercicio del liderazgo tiene que ver con la firmeza con la que una persona toma una decisión. Estas disposiciones pueden ser sencillas de ejercer cuando todos se ven beneficiados, pero en ocasiones, hacerlo implica corregir, sancionar y condenar. Todos estamos listos para dar buenas noticias, pero no tan contentos cuando tenemos que disciplinar. Actualmente, uno de los grandes retos del liderazgo es poner en práctica las habilidades de autoridad y disciplina.

En el caso del partido de Kyrgios, se puede observar como los papeles se trastocan y quien debía estar aceptando una corrección por un hecho que se salía de la regla, hizo más profundo el hoyo al no disciplinarse. Las afectaciones por este desorden fueron de amplio espectro: se caotizó la relación con el juez de silla —que estaba ejerciendo la autoridad—, se distrajo al jugador contrincante, que tuvo que hacer acopio de un grado de concentración y de técnica mayor para ganar el partido y quien impuso el desorden terminó perdiendo. El efecto fue poco glorioso para todos. De hecho, fue devastador porque esas son las consecuencias del caos. En una organización pasa igual, cuando quien debe ejercer la autoridad se permite relajar las reglas, los resultados pueden ser terribles. Cuando quien está siendo disciplinado se sigue insubordinando, abre la puerta al desorden. El que está a cargo, debe reestablecer el orden sin dudarlo jamás. Si se da el caso de una desviación, el líder la debe recomponer. Una de las tareas primordiales del líder es garantizar que, en caso de un extravío, sabrá corregir y regresar a la ruta correcta para alcanzar la meta. Si hay un elemento que se descarría, debe disciplinarlo y hacerlo volver a la dirección correcta. De lo contrario el efecto caótico puede ser devastador.

Hay desvíos que no se pueden tratar con palabras de algodón de dulce. Hay incorrecciones que han de abordarse con severidad. Evidentemente, un buen líder se apoya en las reglas. Dice el dicho: habla con suavidad y trae la ley bajo el brazo. Un liderazgo efectivo, uno que lleva adecuadamente las operaciones, entiende que no se trata de dar golpes en el escritorio, pero sabe cuándo debe darlos. Es decir, sabe que hay ocasiones en las que no hay más remedio que arbitrar y eso tiene que traducirse en bloquear cualquier conducta, procedimiento, atrevimiento que ponga en riesgo la seguridad y el orden de una institución.

El líder debe ser un modelo que ponga en práctica la visión, estrategia, misión para llegar a una meta común que le permitan navegar a través de tormentas y situaciones difíciles que lo lleven a tener organizaciones estables, competitivas y sólidas. La diferencia entre un líder y un jefe no radica en que uno tenga voz de terciopelo y el otro sea un tirano. La distinción entre ambos conceptos es que el primero sabrá lograr resultados, establecer prioridades, estimular, motivar y, estableciendo una línea autoridad que se debe hacer respetar. Eso se logra ejerciendo con seguridad las facultades de arbitraje.

 

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