Por Julián Andrade*

El juicio contra Joaquín “El Chapo” Guzmán sigue su curso y podemos sacar algunas cosas en concreto.  Conocemos aún más de las entrañas del cártel de Sinaloa y sus extensiones continentales.

Hace algunos años, José Luis Santiago Vasconcelos, entonces titular de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO), ya alertaba de los lazos de los narcotraficantes mexicanos con grupos que controlaban el cultivo, tráfico y trasiego de drogas en otros países.

Desde Colombia, las FARC jugaron un papel más que relevante en esta historia. Altos mandos de la guerrilla entablaron acuerdos y negociaciones con los capos de Tijuana y con los de Sinaloa.

Se trataba de exportar cocaína para que tuviera como destino final los Estados Unidos.

Hay videos que prueban la relación y ahora testimonios ante la Corte de Nueva York.  La PGR documentó, desde hace algunos años, los contactos de los comandantes con los hermanos Arellano Félix y con “El Chapo” Guzmán.

No deja de ser perturbador el conocer, de primera mano, que un grupo que ahora tiene presencia legal y política, trabajó y negoció con sujetos de una alta peligrosidad criminal y que implantaron una dinámica de violencia permanente.

Una variable central en el negocio de las drogas es justamente la que tiene que ver con la protección que las autoridades brindan a los delincuentes. Sería imposible, para los bandidos,  el tener éxito si no existiera toda una red que trabaja para conseguirlo y de la que se desprenden amplias relaciones y las más intensas con los encargados de perseguir (supuestamente) el delito.

“El Chapo” Guzmán sabía esto y desde hace mucho tiempo. Cuando lo detuvieron en 1993, de los interrogatorios, aseguramientos en casas de seguridad y trabajo de inteligencia, se pudo deshabilitar toda una red de protección que servía al líder del Cártel de Sinaloa.

Se hicieron detenciones de comandantes de la Policía Judicial Federal, otros tantos fueron dados de baja y se profundizó en compromisos y acuerdos que hacían posible el funcionamiento de una empresa delincuencial que estaba llamada a convertirse en una de las más poderosas.

“El Chapo» Guzmán, como Amado Carrillo, el jefe del Cártel de Juárez, privilegiaron la cooptación sobre la amenaza, el soborno sobre el homicidio.  Lo hicieron así por razones pragmáticas y porque no querían pagar el alto costo que provino del asesinato del agente de la DEA, Enrique Camarena, en los años ochenta, un suceso que cambió la historia del narcotráfico y que propició uno de los momentos de mayor tensión en la relación de nuestro país con los Estados Unidos.

Una de las claves de los grandes jefes del narco es que aprenden para sobrevivir y se ajustan a nuevos escenarios, algo que, por cierto, suele ser más difícil para las autoridades, por inercias burocráticas y por la propia sujeción a la ley.

Quizá una de las lecciones de las primeras semanas del juicio a “El Chapo” sea la de constatar que el narcotráfico cuenta con dinámicas bastante moldeables, lo que explica el nivel de dificultad para enfrentarlo.

*Periodista y escritor. Es autor de la Lejanía del desierto y coautor de Asesinato de un cardenal

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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