La queja es tan común que se está convirtiendo en una constante: no hay gente que quiera trabajar. Los empleadores salen al mercado como si fueran los nuevos Diógenes del siglo XXI y su lámpara no logra dar con la gente que necesitan para cubrir determinadas posiciones. A simple vista, uno pensaría que la escasez de candidatos se debe a que todo el mundo tiene un trabajo y en esta condición sobran las ofertas de empleo y la demanda sobrepasa al número de candidatos que quieren y pueden trabajar. Ojalá fuera ese el escenario. No lo es.

Por un lado, encontramos personas que quieren trabajar y por otro lado vemos ofertas de empleo que, a pesar de tener buenas condiciones, no pueden ser cubiertas. La brecha que separa a la gente que quiere colocarse y la que ofrece trabajo es enorme y creciente. Pareciera como si el mercado laboral se hubiera convertido en una especie de universos paralelos en la que quienes ofrecen y quienes demandan no se pudieran encontrar. Alguna pieza está faltando en el rompecabezas que no podemos terminar de armar el modelo. Esa pieza es la empleabilidad.

La empleabilidad, según la Organización Internacional de Trabajo es: la aptitud de la persona para encontrar y conservar un trabajo, para progresar y para adaptarse al cambio a lo largo de la vida profesional. La empleabilidad depende de los conocimientos, de las competencias y de los comportamientos que se tengan, del modo que la persona se sirve de ellos y de cómo los presenta para desempeñarse en un puesto de trabajo.

Por años, hemos accedido a las universidades para prepararnos y estar listos para enfrentar al mercado laboral. Sin embargo, los hechos nos confirman que estudiar una carrera universitaria, tener uno o más posgrados ya no son garantía para tener un empleo. Es muy triste darnos cuenta de la cantidad de doctores que están manejando un taxi o del número de licenciados en gastronomía que terminan limpiando mesas. No se trata de que ninguna de esas actividades sea indigna, lo que pasa es que estamos desperdiciando el talento de las personas que están capacitadas para realizar trabajos más sofisticados. Talento que por otro lado está siendo esperado por personas que buscan gente que quiera venir a trabajar. Esta situación parece un sinsentido y lo es.

Para dimensionar de qué estamos hablando, los números siempre son una buena herramienta. En México hay 478 mil profesionistas que no encuentran trabajo, siendo los jóvenes el grupo más afectado: 57% tiene entre 20 y 29 años, según la encuesta de empleo realizada por el Inegi en 2017. Del otro lado de la recta, escuchamos a las cabezas de los departamentos de Gestión de Talento y Recursos Humanos lamentarse por la escasez de personas que se quieren comprometer a largo plazo con un empleo. ¿Será que las universidades y los centros educativos están fallando al mandar al mercado a personas que no se ajustan a las necesidades de los empleadores?

Puede ser. Los niveles de exigencia que muchas instituciones tienen para sus educandos son muy pobres. No se les prepara para ser empleables. Se baja la guardia y se pide a los estudiantes que hagan menos esfuerzos. Las calificaciones dejan de ser un reflejo del mérito y del conocimiento y lo son de un grado de consentimiento y tolerancia que no es equiparable a la que encontrarán en la arena profesional real. No es culpa de las escuelas y de los profesores nada más. Algunos alumnos entran a las aulas buscando una calificación más que conocimiento. Prefieren darle la vuelta a los profesores que les van a apretar la tuerca de la calidad académica y buscan resolver sus problemas escolares a base de ruegos en vez de hacer lo que toca. Por lo tanto, en muchos casos, los egresados llegan a buscar un trabajo y no son capaces de retenerlo o no cumplen con los requisitos del puesto.

Al no capacitar adecuadamente a los egresados de estudios superiores estamos generando un problema que tiene el efecto de una bola de nieve. La inempleablidad es un padecimiento que pone en pausa la vida de los individuos. Una persona que no puede conseguir y conservar un trabajo pierde autonomía y se va haciendo dependiente. Estos grados de dependencia nos llevan a ver a sujetos de más de treinta años viviendo en casa de sus padres pidiendo dinero para ir al cine. No hay capacidad para sostenerse a ellos mismos y menos pensar en formar una familia o salir del nido familiar.

Para romper estos círculos viciosos de la inempleabilidad es necesario empezar a entender qué necesito para considerarme una persona empleable. Una persona es considerada empleable si posee los requisitos en términos de conocimientos y competencias demandados por los empleadores para el perfil de un puesto y es capaz de transmitir adecuadamente un mensaje al mercado. La formación académica constituye un requisito fundamental para ser empleable, es algo así como los cimientos de una edificación. Pero para pensar en habitarla, los cimientos no bastan.

La empleabilidad tiene que ver con la disposición que tengo para desempeñar la labor que me ha sido encomendada. Es decir, se relaciona directamente con la disposición y disponibilidad que tiene la persona para poner al servicio de la empresa sus cualidades, sus habilidades y sus aptitudes de manera que las distintas interacciones del individuo devengan en desempeños adecuados para la posición que vamos a ocupar.

Para ello, la claridad de empleador y empleado es la piedra fundacional. Los empleadores necesitan explicar en forma sencilla y efectiva qué requieren de los candidatos para que se puedan desempeñar adecuadamente y logren dar los resultados necesarios. Los que buscan empleo deben saber con precisión qué es lo que se espera de ellos para poderlo entregar en el tiempo y la forma en que se espera.

La brecha de empleabilidad es una preocupación real que debemos atender y los primeros pasos deben darse en torno a la reflexión personal. ¿Qué estoy haciendo yo empresario que no logro encontrar candidatos adecuados para mi posición? ¿Qué debo hacer si estoy buscando un empleo para encajar con los requerimientos y entregar buenos resultados? La brecha de empleabilidad es un problema que podemos abordar desde la administración del talento de competencias. Entender cuáles son las competencias que necesito para una posición específica ayudará a una búsqueda más afinada y por fin encontrar al candidato adecuado.

Habrá que plantearnos con seriedad ¿qué tan empleable soy? Y, a partir de una respuesta honesta, empezar a trabajar en aquellas competencias que me lleven a cumplir con los requisitos de empleabilidad. Es tiempo de poner manos a la obra y hacernos de esa aptitud tan escasa y necesaria.

 

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