Por Juan Fernández*

Tengo que hacer una confesión: Soy melómano empedernido. Prácticamente todas mis actividades diarias están acompañadas de música —en el auto, en una pequeña bocina en mi escritorio, en mis audífonos durante el ejercicio, durante los fines de semana mientras leo un libro. Es un hábito que adquirí desde muy chico—. Recuerdo hacer la tarea resolviendo los ejercicios del Álgebra de Baldor mientras escuchaba The Dark Side of the Moon, Moving Pictures o Zenyatta Mondatta en una vieja tornamesa Fisher. Estoy convencido que mi actividad intelectual mejora significativamente (que tampoco es tanto) mientras escucho un buen disco o playlist.

Durante la adolescencia dediqué mucho de mi (muy limitado) presupuesto a comprar discos en dos de las pocas tiendas especializadas que existían en el D.F. en los ochentas: Discos Zorba y Aquarius. Los discos y casetes eran tan caros que más valía escucharlos y encariñarse con todas las canciones contenidas; y dada la tecnología de entonces – no había botones para brincarse las canciones malonas y adelantar de inmediato a la canción favorita – era prácticamente obligado escuchar repetidamente el disco completo. Eso daba a ciertos álbumes una sensación de completitud, pues en ocasiones los artistas hacían discos conceptuales que hacían sentido solamente si se escuchaban enteros. Pero muchas veces llegué a comprar discos y casetes por tan sólo poseer una o dos de las canciones que me gustaban. En la revolución del disco compacto, sustituí todos mis LP por CD, invirtiendo una pequeña fortuna en ello (y que todavía languidece en varias cajas que no me atrevo a desechar).

Los artistas de entonces (y las casas disqueras) ganaban dinero con las ventas de sus discos —canciones malas incluidas— y realizaban giras y conciertos como actividad promocional en apoyo al disco recién sacado al mercado. Este modelo económico perduró hasta el inicio de los años 2000 cuando, como resultado de la tecnología peer to peer, apareció Napster. Y entonces el negocio de la música cambió para siempre.

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Actualmente, el modelo de ingresos de la industria de la música está basado en las regalías que los artistas y disqueras cobran por el uso —que no la posesión— de sus canciones. Se le podría llamar algo así como music as a service, en donde el pago se hace bajo demanda. La inmensa mayoría de los artistas no pueden sobrevivir exclusivamente de las exiguas regalías que les pagan servicios de streaming como Apple Music, Spotify o Deezer. Ahora están obligados a salir de gira y obtener ingresos por taquilla y merchandising como actividades principales. Y grabar un disco se vuelve, esencialmente, un gasto obligado para mantenerse vigentes. La mayoría de los artistas dicen que grabar un disco es pésimo negocio: Un mal necesario para dar salida a su energía creativa.

Aunque me resistí al inicio, los servicios de streaming han resultado ser un nirvana sonoro para mí, y me ha permitido ampliar enormemente mi conocimiento musical: Antes, el mundo físico (y mi limitado presupuesto de adolescente) reducía enormemente la cantidad de músicos que podía escuchar y conocer. Hoy día, Spotify tiene disponibles más de 30 millones de canciones y más de 2 millones de artistas a mi alcance por el costo mensual equivalente al precio de un solo disco.

El caso de Spotify es, desde un punto de vista financiero, sumamente interesante. Es el servicio de streaming más exitoso del mundo (al final de 2017 tenía 157 millones de usuarios, de los cuales 71 millones pagan por el servicio premium), y aunque tuvo ingresos de 5,000 millones de dólares en 2017, sus pérdidas fueron de 1,500 millones (lo cual resulta normal en estos negocios de crecimiento acelerado).

Recientemente la empresa se hizo pública en la bolsa de Nueva York mediante un ingenioso mecanismo de listado en directo que evitó el proceso normal de una Oferta Pública de Acciones: En una OPA común y corriente, los accionistas vendedores normalmente: a) Deciden de antemano cuántas acciones desean colocar entre el público, b) Contratan a uno o varios bancos como intermediarios colocadores, c) Construyen un libro de demanda, y d) Venden simultáneamente sus acciones a los inversionistas seleccionados por los intermediarios a un mismo precio, el cual fue definido de antemano con base en la demanda. Una vez concluida la OPA las leyes de oferta y demanda entran en acción, y los inversionistas son libres de hacer trading sobre sus nuevas acciones como les parezca.

En este caso Spotify simplemente realizó los trámites para poder declararse pública, de tal forma que si alguno de sus accionistas decide vender, lo puede hacer al precio y en el momento que más le convenga. No existió un consenso previo relativo a cuáles inversionistas de Spotify estarían dispuestos a vender, y mucho menos cuántas acciones y a qué precio. Como resultado de lo anterior, en su debut las acciones de Spotify abrieron a un precio de 165.90 dólares, subiendo ligeramente unos minutos después. Solamente 5.6 millones de acciones cambiaron de manos al precio de apertura, equivalente a menos del 5% de las acciones totales potencialmente disponibles para su venta. Al final de la jornada, 30.5 millones de acciones habían sido intercambiadas, cerrando 10% debajo del precio inicial.

(Fun Fact: La Bolsa de Nueva York izó una bandera de Suiza en su fachada a manera de cálida bienvenida al debut de Spotify. El problema es que la empresa fue fundada en Suecia.)

Desde un punto de vista de finanzas corporativas, este bajo número de acciones colocadas al momento de la apertura presenta dos inconvenientes: 1) El float (número de acciones disponibles para ser intercambiadas) es tan pequeño que puede resultar en cambios abismales en el precio de la acción de un momento a otro si uno de los accionistas existentes desea vender un bloque grande, potencialmente ahuyentando a inversionistas que están esperando entrar a comprar, y 2) Podrían existir dudas razonables acerca de la validez de la valuación de la empresa con base en un monto que no resulta representativo.

Sin embargo, esto no parece haber sido una preocupación para Spotify. En los meses previos a la colocación, sus accionistas habían intercambiado acciones de forma privada en rangos de precio desde 49 hasta 132 dólares. El día de su debut en la NYSE, las acciones cotizaron en un rango de precio desde 135 hasta casi 170 dólares. ¿Cuál fue el verdadero resultado de esta pseudo-OPA? Puede ser demasiado pronto, pero parece que esta innovadora forma de listarse mató varios pájaros de un tiro: Redujo la volatilidad en el precio de la acción y brindó un mecanismo de liquidez a sus accionistas, al mismo tiempo que evitó la costosa liturgia asociada al complejo proceso de una OPA normal. Me parece que en los meses siguientes, conforme el float se incremente, más y más inversionistas podrán convertirse en accionistas de Spotify, provocando un comportamiento más convencional en el precio de la acción.

Valdrá la pena observar si otras empresas estarán dispuestas a seguir esta ruta simplificada en su proceso de colocación pública en el NYSE u otras bolsas. Y en México, deberán pensarse los ajustes regulatorios necesarios para facilitar este (y otros) ingeniosos procesos de listado.

Epílogo

Siento algo de melancolía pues mis hijos no podrán experimentar la increíble sensación de correr a casa con un disco bajo el brazo, impacientes por escucharlo por primera vez en un remolino de emoción y asombro. No sabrán lo que es sostener en sus manos un nuevo disco y llevar a cabo el ritual de abrirlo, desprendiendo su peculiar olor a vinilo y celofán. Se perderán el tener reuniones entre amigos con el único objetivo de escuchar juntos, sin distracciones, discos completos en el orden definido por el artista. No apreciarán el arte de las portadas ni se maravillarán al abrir un disco doble como magníficas alas de gaviota. No podrán aprenderse las letras leyendo la funda interior, ni conocer a detalle los nombres de los músicos, los créditos de la producción o del estudio, y tampoco gozarán con el inevitable debate por horas enteras sobre cuál banda o disco era el mejor.

Pero cuando descubro en Spotify un nuevo artista extraordinario en un playlist recomendado, cuando encuentro un disco obscuro que nunca pude conseguir, cuando me sorprendo escuchando a un buen grupo al que antes había desdeñado sin motivo, vuelvo a sentir esa emoción y la nostalgia desaparece. Y entonces entiendo que hoy mis hijos ya tienen todo eso a su alcance, y no tienen que revivir mi experiencia para poder disfrutar a plenitud la música. Y si tengo que escoger, prefiero el generoso raudal de canciones disponibles de inmediato en la pantalla de mi celular.

*CFO de Engenium Capital.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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