Por Juan Fernández*

Hace un tiempo escribí acerca del índice VIX, el llamado medidor del miedo de los mercados financieros. El VIX fue creado en 1993 por el Chicago Board Options Exchange (CBOE), como una medida de la volatilidad estimada para los siguientes 30 días del índice bursátil S&P 500. Para su cálculo, se incorporan distintas opciones call y put con distintos precios de ejercicio sobre dicho indicador (de forma simple, se puede decir que, a mayor volatilidad implícita, los precios de las opciones también se incrementan).

Para los teóricos de las finanzas y profesionales de la administración de riesgos el VIX representa una herramienta poderosa, pues condensa una variable abstracta de inestabilidad -las desviaciones estándar alrededor de los rendimientos esperados en el S&P- y la expresa mediante un número estandarizado, que puede medirse continuamente, como si fuera el precio de una acción. Las aplicaciones prácticas son amplísimas.

A lo largo de 2017 el VIX apareció frecuentemente en la prensa financiera, pues se situó en los niveles más bajos de su historia, llegó a estar por debajo de 10 unidades, cuando durante la crisis financiera del 2008 tocó su máximo histórico de casi 81. Durante el año pasado los mercados financieros subieron de nivel de forma importante, pero estuvieron también rodeados de nerviosismo e incertidumbre económica y política (la retórica militar entre Estados Unidos y Corea del Norte, por ejemplo).

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Los expertos no han logrado ponerse de acuerdo acerca de las razones por las que el VIX estuvo en niveles tan bajos, pero todo eso cambió hace unos días cuando las bolsas mundiales tuvieron su primera caída importante en bastante tiempo -una corrección, le llamaron eufemísticamente los analistas bursátiles-.

Si bien la corrección en las bolsas fue relativamente menor -los mercados regresaron al nivel que tenían tan sólo hace un par de meses- me llamó la atención que muchos fondos ligados al desempeño del VIX tuvieron pérdidas considerables. Mejor dicho, fondos que apostaban en contra del VIX. ¿Por qué alguien habría de apostar en contra —es decir, suponer que el valor va a bajar— cuando el nivel del VIX ya era en sí muy bajo, y cercano a sus mínimos históricos?

A lo largo de un fin de semana, este índice se movió de 17 puntos, a más de 37, lo cual significa que la volatilidad implícita surgió más de 115% en términos relativos. Aquellos que apostaron por que el VIX se mantendría bajo, en términos prácticos, fueron aniquilados.

Uno de los casos más drásticos fue la nota emitida por Credit Suisse llamada Daily Inverse VIX Short Term ETN, mejor conocida como XIV, la cual de forma apalancada se beneficiaba más que proporcionalmente de las bajas en el VIX y viceversa (si el lector todavía no lo ha notado, “XIV” es VIX al revés. Los banqueros pueden ser muy creativos). Con la subida del VIX, en cuestión de minutos los inversionistas perdieron el 92% de los 1,600 millones de dólares que tenían invertidos en el XIV.

Credit Suisse ha sido fuertemente criticado -y no sorprendería que también resulte demandado- por los inversionistas que perdieron virtualmente todo el dinero invertido en esta jugada. Muchos nos preguntamos si estos inversionistas, aparentemente expertos (hay que firmar una certificación para ser elegible como comprador de este tipo de instrumentos), hicieron siquiera la tarea de conocer los pormenores del XIV.

Aparentemente no: En el prospecto de inversión se estipula claramente que “El valor de largo plazo de esta nota es cero. Si se mantiene esta nota en el largo plazo, es muy probable que se pierda la mayor parte o la totalidad de la inversión…”

Nomura, la venerable casa de inversiones japonesa, tampoco se escapó a la seducción de la volatilidad: Su nota estructurada llamada “Next Notes S&P500 VIX Short-Term Futures Inverse Daily Excess Return Index ETN” colapsó 96%, causando pérdidas por 300 millones de dólares a sus clientes. Nomura, siendo venerable, emitió una peculiar disculpa pública por “causar dificultades significativas a sus inversionistas…”.

Estos colapsos evidencian de forma clara una preocupación: ¿Los inversionistas realmente entienden la complejidad y los riesgos de las inversiones que realizan? ¿Hasta dónde es responsable una institución financiera por los resultados de estos extravagantes productos de inversión que promueven y venden entre sus clientes?

Existe una cada vez mayor preocupación respecto a que los inversionistas novatos tengan acceso a participar en estos productos complejos. Ya se escuchan voces que exigen una regulación más profunda que obligue a los creadores de productos financieros estructurados a enunciar de una manera más clara y explícita los riesgos asociados a estas inversiones, y así evitar desagradables sorpresas.

*Juan Fernández, es CFO de Engenium Capital

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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