En términos de bienestar social, la población presenta diferencias asociadas al género, pero a fin de avanzar hacia la igualdad entre mujeres y hombres es necesario incluir la perspectiva de género en la política social.

 

Según los resultados de la última medición de pobreza en México, en 2012, el 45.5% del total de la población se encontraba en condición de pobreza. Aunque la cifra es crítica, se observaron avances en comparación con los resultados de 2010. Entre esos dos años, la población en pobreza extrema se redujo de 11.3% a 9.8%. Además, entre ese mismo periodo disminuyó el número de personas que presentó carencias por rezago educativo, acceso a los servicios de salud, acceso a los servicios básicos en la vivienda y acceso a la alimentación.

La reducción en los niveles de pobreza no ha sido igual para hombres y mujeres. La pobreza femenina es un problema que debe ser atendido desde una perspectiva de género, ya que la desigualdad económica, sumada a la desigualdad de género, convierte a las mujeres pobres en un grupo vulnerable. Las diferencias de género socialmente construidas impactan de manera negativa en las condiciones de vida de las mujeres, a través de una distribución desigual de los recursos.

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Es más difícil escapar de la pobreza si la mujer se enfrenta a situaciones de discriminación, no tiene plena libertad para ejercer sus derechos y no tiene acceso a los servicios que le permitan mejorar su calidad de vida.

Está claro que algunos aspectos de la pobreza están vinculados al género, como el acceso al crédito, a una propiedad, a un trabajo digno y bien remunerado, a una educación de calidad y a la participación en las decisiones del hogar. Según un estudio realizado por el Coneval titulado Pobreza y género en México: hacia un sistema de indicadores. Información 2008-2012, los hogares que son dirigidos por mujeres presentan mayor carencia por acceso a la alimentación.

En las últimas décadas, las mujeres han participado de manera más activa en el mercado laboral. Sin embargo, en México 83.4% de los hombres pobres participa en actividades económicas, contra 39.4% de las mujeres en la misma condición. Las mujeres pobres, además, se ocupan con mayor frecuencia en jornadas parciales de trabajo, lo que implica un salario más bajo. Por cada 10 hombres, sólo seis mujeres ocupadas tienen acceso a seguridad social. Sumado a todo esto, la sobrecarga de trabajo doméstico no remunerado es aún mayor para las mujeres en condición de pobreza.

Es necesario terminar con el círculo vicioso entre pobreza y desigualdad de género. Las mujeres tienen la capacidad de ser verdaderos agentes de cambio social. Sin embargo, su impacto se encuentra limitado por la situación de pobreza en la que viven muchas de ellas. De acuerdo con datos de la Cepal sobre América Latina, la exposición de las mujeres a la pobreza es en promedio 1.15 veces mayor a la de los hombres.

Esto resulta difícil de creer cuando las mujeres tienen el potencial de contribuir de manera significativa en la reducción de la pobreza. Numerosos estudios han explorado la manera en que la participación laboral de la mujer reduce los índices de pobreza y mejora la calidad de vida de sus comunidades. De acuerdo con un estudio del Banco Mundial sobre los efectos del poder económico de la mujer en América Latina y el Caribe (2012), el aumento de los ingresos de la mujer contribuyó en 30% a la reducción de la pobreza extrema en la región, entre 2000 y 2010.

La mujer es una pieza importante en la ruptura de la pobreza intergeneracional y en el impulso del desarrollo social, ya que invierten un porcentaje mayor de sus ingresos en la educación, salud y nutrición de sus hijos, que los hombres. El empoderamiento de la mujer es un factor fundamental para generar una sociedad más justa y equitativa, en donde tengan las mismas oportunidades que los hombres. El acceso a una educación de calidad y el impulso a la participación de la mujer en el mercado laboral contribuyen en la reducción de la pobreza. Pero no podemos olvidar que la población, en términos de bienestar social, presenta diferencias asociadas al género.

Por lo tanto, para avanzar hacia la igualdad entre mujeres y hombres es necesario incluir la perspectiva de género en la política social.

 

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