Por sí misma la ideología no es buena ni mala, ayuda a fijar un rumbo; es un conjunto de suposiciones sobre la vida social y política que rige nuestras vidas. Todos tenemos una ideología personal  y colectiva.

La ideología puede ser positiva si nos da buenos resultados y negativa si los resultados son malos. Puede ser flexible y adaptable según la experiencia o puede ser una camisa de fuerza que nos pone anteojeras y nos embiste tercamente contra el fracaso.

Puede tener un alto o bajo nivel de consciencia. No es lo mismo la venganza que la paz. No es lo mismo el temor que la valentía. No es lo mismo el deseo expresado desde la inseguridad que desde la confianza y la aceptación. No es lo mismo la opinión desde el ego, que desde a razón.

¿Queremos un mejor México para todos? ¿Queremos un país en paz y con enfoque hacia el futuro? ¿Queremos ser ejemplo de buen gobierno y de buena sociedad ante el mundo y ante nosotros mismos? ¿Tenemos el espíritu para lograrlo o nos encantan las excusas para explicar el fracaso y nos regodeamos en la victimización?

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¿Creemos que eso es algo que deban trabajar los políticos o que es tarea de todos? ¿Creemos que el cambio depende de un líder o de que todos nosotros nos convirtamos en líderes? ¿Buscamos un mejor sistema o un líder carismático que piense que el sistema es él?

Fijar una ideología positiva, flexible y de buen nivel de consciencia es sumamente importante; es la intención con la que queremos lograr algo. Podemos hacerlo con optimismo, compromiso e inteligencia o con pesimismo, inmadurez e inseguridad.

Toda ideología debe justificarse en el día con día, si no funciona debe rectificarse o descartarse; una sociedad que no cuestiona la validez de su ideología de manera permanente y por sistema, está condenada al dogma y al anquilosamiento.  Ser crítico es buen remedio contra la enfermedad del sistema.

Pero tan importante es el rumbo como el paso para alcanzarlo. De nada sirve contar con una buena ideología si no tenemos los sistemas y los procesos para llevarla a cabo. De nada sirve ser un gran ideólogo si no se es un buen pragmático.

¿Cómo vamos con todo esto en México?

Ideológicamente podríamos tener una visión mucho más positiva: Pensar que sí podemos ser ejemplo de buen gobierno y buena sociedad; pensar que sí podemos tomar mejores decisiones; pensar que la solución no está en el o los políticos, sino en la fuerza de la sociedad mexicana y del sistema en su conjunto.

Pragmáticamente tenemos mucho por delante. Nos fallan los procesos legislativos, nos falla la administración de justicia y nos fallan los servicios de gobierno.

Nos perdemos en la filosofía, en lugar de enfocarnos en los resultados. Hacemos una ensalada agridulce de buenos deseos y emociones negativas. Nos inventamos excusas en lugar de experimentar. Nos conformamos con el resultado mediocre en lugar de insistir en el mejoramiento continuo. Se nos olvida medir y evaluar. Creamos sistemas burocráticos, en lugar de pensar en ser esbeltos y eficaces, en lugar de pensar el cliente y en cómo satisfacerlo.

El pragmatismo entonces, es parte  fundamental de la ideología del éxito porque enfatiza la valoración del resultado y su comparación contra la meta deseada. Y para poder determinarlo, hay que medir. Por ello, el pragmatismo se enfoca a la evaluación de resultados por medición.

Propongo que insertemos el valor del pragmatismo en la ideología mexicana y lo acompañemos de una eficaz evaluación numérica. Cada vez que alguien ensalce una acción, preguntemos por el resultado. Cada vez que alguien nos hable de un resultado, exijamos números y cuentas. Cada vez que no concuerde el resultado obtenido con el planeado, cuestionemos el método. Cada vez que obtengamos un resultado negativo, pensemos en mejorar al sistema; y cada vez que sea positivo, en cómo asegurarlo. Y de vez en cuando, cuestionemos si nuestra ideología es positiva y efectiva.

Empecemos a aplicarlo en nuestras vidas personales y colectivas. Todos aprendemos con el ejemplo y la experiencia. Exijámoslo en la vida pública frente a  jueces, legisladores y funcionarios.  Seamos exigentes, numéricos y pragmáticos, y que nadie nos convenza de que no podemos hacerlo.

 

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