Obediencia perfecta toma como punto de partida la historia de Marcial Maciel,  para analizar no su vida, sino la de las víctimas y el proceso de captación al que eran sometidas dentro de los Legionarios de Cristo.

 Uno de los grandes temas de la obra de Martin Scorsese es la culpa, de manera más específica: la culpa católica. Basta recordar los conflictos espirituales que vivía el personaje de Harvey Keitel en Calles peligrosas (Mean Streets, 1973). Por eso no resulta extraño que Luis Urquiza cite al maestro neoyorquino en su ópera prima: Obediencia perfecta (2014), una película sobre el deseo de cumplir con las reglas y el abuso de ese sentimiento por una figura de autoridad.

Basada en uno de los capítulos del libro Perversidad, de Ernesto Alcocer –quien también escribió el guión–, Obediencia perfecta toma como punto de partida la historia de Marcial Maciel éste– para analizar no su vida, sino la de las víctimas y el proceso de captación al que eran sometidas dentro de los Legionarios de Cristo –renombrados aquí como Cruzados.

Julián (Sebastián Aguirre) es un niño cuando sus padres lo encaminan al sacerdocio y lo ponen en manos de los Cruzados de Cristo. Como todos los seminaristas, las grandes reglas de la organización le son inculcadas de manera inmediata tras su llegada: hay que respetas a sus superiores, no se les puede cuestionar y, mucho menos, dar voz de sus acciones, ya sean buenas o malas. Ése, la acusación, es el más grande pecado que un cruzado puede cometer.

Pronto llama la atención de Ángel de la Cruz (sólido Juan Manuel Bernal), el amado líder de la congregación, quién decide tomarlo bajo su protección para guiarlo en su camino para llegar a la obediencia perfecta. Así Julían pasa a ser Sacramento Santos y se muda a la casa del fundador, donde aprenderá a complacer los deseos del sacerdote además de perder su identidad en pos de satisfacerlo.

Desde la primera aparición de Bernal como Ángel de la Cruz queda claro que Urquiza no intentará humanizar su figura, al contrario deja claro que estamos ante una película militante, alineada con las víctimas. La perversidad brota sin reparos en la mirada del actor, en contraste con la inocencia con la que se desenvuelve Julían. Sobre esos dos puntos puestos, el director desarrolla la trama, agregando chispazos de humor para liberar presión.

Gracias a su acercamiento, los personajes secundarios tienen cierto aire esquemático, didáctico. El padre calenturiento, los estudiantes abusivos, el sacerdote que oculta todo, el enviado del vaticano que felicita por su “buen gusto” en niños, los adolescentes deseosos de inspeccionar corporalmente a las monjas, etc. Es un acercamiento acertado porque su intención no es revelar detalles del escándalo inherente del tema, para eso está el material periodístico, sino mostrar el proceso en que el individuo se pierde exactamente su más grande característica, su individualidad, y acepta sin chistar –hasta deseoso– aquello que le ordenen.

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