Hay situaciones en las que ya no sabemos ni qué pensar. Nos preguntamos, cómo pudimos haber juzgado tan mal la entorno o por qué no nos detuvimos más a analizar. La sorpresa se transforma en algo más cuando los resultados que esperamos no llegan. O, peor aún, cuando lo que sucede es totalmente lo contrario. Nos sentimos enojados, tristes y hasta traicionados quisiéramos poder patearnos a nosotros mismos. En el terreno profesional, tenemos que lidiar con decepciones. Muchas personas con éxito trabajan a través de sus decepciones. Lograrlo es toda una prueba de competencia que demuestra habilidad para lidiar con el cambio. De alguna manera, los profesionales inteligentes tienen la fuerza para hacer un balance de lo que les ha sucedido, aprender del incidente, y seguir adelante. Salen de esas decepciones más fuertes. Pero otros, luchan. No se conforman, se recriminan y darían lo que fuera por regresar las manecillas del reloj para evitar un mal resultado, un revés empresarial, un juicio que no resultó pertinente. En estos casos, la decepción puede incluso convertirse en depresión. ¿Cómo podemos aprender a manejar nuestras decepciones eficazmente? Entendiendo lo que es la gestión de las expectativas.

Hay un dicho que refleja una verdad de oro: “la expectativa es la raíz de todos los dolores de corazón.” La cita reconoce que cuando experimentamos decepción, nuestras esperanzas y expectativas no estuvieron alineadas con la realidad. Todos nos hemos sentido así de vez en cuando. Algunas de estas decepciones no harán mucha diferencia, pero también hay decepciones que pueden cambiar el curso de nuestras vidas. Dada la naturaleza complicada del deseo, no hay experiencias que estén totalmente libres de decepción. Esto es lo que hace que la decepción sea una sensación compleja y confusa. Muchos de nuestros deseos que perseguimos son inconscientes, sublimados, y con frecuencia contradictorios. Paradójicamente, puede que incluso nos decepcionemos cuando conseguimos lo que queremos. Sigmund Freud exploró la paradoja de las personas que fueron “destruidas por el éxito”. Inconscientemente, estas personas creían que su éxito era injustificado, por lo que lograrlo no les parecía satisfactorio. En otros casos, incluso cuando conseguimos lo que queremos — y pensamos que lo merecemos — podemos descubrir que lo que tanto deseamos no trae los resultados esperados. La forma en que manejamos la decepción está relacionada con nuestra historia del desarrollo y otras experiencias formativas tempranas.

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Hay quienes tratan de evitar la decepción al convertirse en inalcanzables. Inconscientemente, evitan tomar riesgos, para impedir que se decepcionen a sí mismos o a otros. Sin darse cuenta, han decidido que la mejor estrategia es no tener grandes expectativas sobre nada. Tal comportamiento se convierte en una forma de autopreservación. Sin embargo, también conduce a una vida mediocre e insatisfecha. Irónicamente, estas personas a menudo se convierten en decepciones para todos, incluyéndolos a ellos mismos. Otros, tratan de evitar decepciones al llegar a ser sobre-triunfadores. Sitúan la barra demasiado alto para lo que quieran lograr alcanzable. Olvidan que el perfeccionismo raramente engendra la perfección, o la satisfacción — en cambio, con demasiada frecuencia conduce a la decepción. Por supuesto, también hay personas con una historia de desarrollo más equilibrada. Crean una base confiable, se sienten seguros en sus relaciones, apoyados más que controlados, y son capaces de experimentar, explorar y aprender, adquiriendo así la fuerza interior para lidiar constructivamente con los inevitables reveses que vendrán en su camino por la vida.

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Cada uno de nosotros tenemos nuestros estilos para afrontar las dificultades. Las grandes decepciones a menudo definen momentos de cambio en la vida de las personas. El tratamiento constructivo de la decepción puede ser un proceso autocurativo que puede contribuir al crecimiento personal y hacer una mayor resiliencia. En los inicios de su carrera profesional, Winston Churchill no fueron fáciles. Durante la Primera Guerra Mundial enfrentó la desastrosa la campaña militar en Gallipoli cuyo resultado lo obligó a dimitir de su posición como primer señor del Almirantazgo. Churchill había llegado con un plan —más tarde llamado “la locura de Churchill”—para enviar una flota a través del estrecho de Dardanelos y capturar Constantinopla, que predijo que haría que Turquía otomana dejara la guerra. Pero el plan fracasó por completo, y decenas de miles murieron. Churchill fue deshonrado y degradado.

Para hacer frente a esta calamidad y la humillación subsecuente, recentró su atención y su energía lejos de la política. Seis meses después de su democión, se convirtió en un oficial de infantería y se unió a la lucha en Francia. Durante su tiempo fuera del centro de atención político, pensó a través de lo que había le sucedió a él y lo que le había enseñado acerca de lidiar con los desafíos de la vida. Mientras que al principio se sintió abrumado por lo que él llamaba su “perro negro de la depresión”, Churchill se dio cuenta de que era mucho más constructivo replantear sus decepciones como experiencias de aprendizaje con el fin de ser capaz de hacer frente mejor en el futuro, y utilizar la decepción como catalizador del crecimiento personal. Tal búsqueda del alma le proporcionó nueva información sobre sí mismo, el mundo, y otros.

Por lo general las personas, cuando se enfrentan a la decepción, tendemos a atribuir eventos negativos de la vida a fallas personales. Se recurre al remordimiento en forma obsesiva, ya que se sienten avergonzados o humillados de no medir hasta la imagen de su ser ideal. Consecuentemente, dirigimos la cólera hacia adentro, a uno mismo. En situaciones extremas, se llega a pensar que justo eso es lo que se merecían, que no eran lo suficientemente buenos. Evidentemente, esa es una forma tóxica y poco virtuosa de abordar la decepción. Otros, sin embargo, darán vuelta su cólera hacia fuera hacia otros, a la gente que no satisfizo sus expectativas. Contribuirá a los sentimientos de rencor, venganza y amargura. Tampoco es buena idea. Desafortunadamente, ambas reacciones emocionales mantienen a la persona atascada en una telaraña de decepción.

Así de desagradable como las decepciones pueden ser, siempre podemos aprender algo de ellas. Para lidiar constructivamente con la decepción, necesitamos primero entender lo que ha sucedido. Algunos casos de decepción son predecibles y prevenibles. Pero hay otros que son inevitables y más allá de nuestro control. Para manejar la decepción, necesitamos diferenciar entre situaciones que caen dentro de nuestro control y factores que están más allá de ella. Ser capaz de reconocer la diferencia nos ayudará a lidiar con nuestras frustraciones más apropiadamente. La decepción no está destinada a destruirnos. Si hay calma, puede fortalecernos y hacernos mejores. A pesar de su devastador impacto emocional, podemos incluso considerar la desilusión como una fuente mayor perspicacia y sabiduría. Pero, necesitamos mirar debajo de la superficie. En el terreno profesional, una decepción nos muestra que esa era una ruta equivocada y que tenemos que tomar una nueva. Hacer como las gallinas: sacudirse las plumas y seguir adelante.

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