La inmovilidad emocional que sufre el establishment político mexicano ante la serie de reacciones masivas que ha provocado la mala ejecución de la administración del gobierno mexicano en todos los niveles pareciera ser el resultado de una total falta de empatía entre la responsabilidad de gobiernos y bienestar de gobernados. La sistemática decadencia de los fines a los que aspiraría un servidor público, resultado de un abuso constante de la misión política, ha tergiversado por completo los motivos y razones por los que los actuales -y tristemente parece que futuros- responsables de la conducción del país se han incorporado al servicio público. En todos los niveles de gobierno, y en todas las ramas del poder -Ejecutivo, Judicial y Legislativo- el manejo patrimonialista del ejercicio del poder ha demostrado que la actual generación política mexicana de todos, repito, todos los partidos políticos y sus correspondientes representantes han creado una delincuencia organizada alternativa. Abusos en presupuesto, en ejercicio de los dineros que en teoría deberían administrar en beneficio de la mayoría y cuidar para evitar malos usos del mismo, prepotencia hacia sus pares -es decir, nosotros-, y complicidad en la degradación económica que significa la distribución de recursos del Estado en beneficio de negociaciones por debajo de la mesa que cada vez más incrementan el porcentaje de participación de cada proyecto (cuando acusaron a todas voces a Raúl Salinas de Gortari en 1995 le llamaban ‘Mr Ten Percent’, participación ilícita en contrataciones gubernamentales que parece ridícula frente a los niveles de ‘mordida’ que hoy en día se saben por parte de gobernadores e intermediarios del servicio público a nivel federal, estatal y municipal, poderes Legislativo y Judicial) y, lo que es peor aún, en calidad de servicios y bienes.

En lo que llamaremos ‘corrupción responsable’ el PRI del siglo XX ejerció una política pública con cierta responsabilidad y conciencia histórica por parte de hombres que con claridad intelectual entendían que la posibilidad de ejercer el poder en beneficio de proyectos de nación bien hechos, con una realización al standard más alto de calidad, era la ruta para la perpetuación en el ejercicio de gobierno. Respetaban la opinión pública, las necesidades de la población eran estimadas, y se generaban acuerdos de distribución de riqueza que beneficiaban a todos los grupos de poder abriendo las posibilidades para siempre nuevos participantes que entendieran el juego y que respetaran las reglas que ponían por encima de todos los valores el respeto al país, a su obra y legado, y que a su vez comprendieran la alternancia necesaria para la justificación teórica del modelo ‘democrático’ nacional. Durante años, desde 1929, así funcionó el sistema que dio origen a todos los partidos políticos que hoy en día pretenden disputar el gobierno de México. Siempre entendido el ejercicio de gobierno como uno que tenía sus correspondientes beneficios adicionales, la sociedad aceptó que aquellos que decidían involucrarse en el juego de poder tuvieran recompensas que superaban las remuneraciones oficiales de cada puesto, siempre y cuando la sociedad en general viviera su dinámica en paz, tranquilidad y estabilidad económica. En 1970, con el arribo de Luis Echeverría y la persecución de un modelo de gobierno basado en un socialismo ‘a la mexicana’ la fuerza absoluta del presidencialismo abrió la posibilidad para que el desequilibrado pensamiento de un funcionario gris de aspiraciones maoístas se transformara en visión de Estado y transformara la lógica económica y social de un país para convertirlo en un absoluto caos consecuencia de las oportunidades que la necesidad de consolidar una economía de Estado competitiva en el mercado interno dio a cientos y cientos de empresarios improvisados que, sin embargo, aceptaban las condiciones estrechas de un mercado en un gobierno que intentó hacer la revolución socialista desde adentro. El desbordamiento de la irresponsabilidad financiera de un solo hombre, acompañado de cómplices igual de responsables que supieron esconderse a tiempo, llevo a la quiebra a un país que había mantenido una clara estabilidad económica con tasas de crecimiento razonables entre 1945 y 1970, iniciando así la crisis de la que no hemos podido salir hasta este 2017.

La sucesión de 1976 que ganó un solo candidato que aun así realizaría una gira a nivel nacional para tratar de justificar el terrible momento histórico que resultó en la ausencia total de oposición que, en el desencanto electoral masivo, y bajo una amenaza totalitaria encima, decidió manifestar el descontento nacional con su ausencia para dejar el camino libre a un hombre que, con el mismo poder presidencial intacto, desmantelo el estatismo económico del sexenio 1970-76 para sustituirlo con un presidencialismo de cabaret, arrogante en su ignorancia y con total desprecio a la ética privilegiando el asalto al poder que terminaría, en 1982 hundiendo aún más al país nacionalizando la banca mexicana para capitalizar las quebradas finanzas nacionales que el dispendio personal que institucionalizo el ejercicio de la corrupción como una fórmula de gobierno aceptada. El desarrollo de la corrupción responsable se daba siempre bajo la condición de que el resultado del intermediarismo burocrático fuera de absoluta e irrefutable calidad. Esto es, que se negociara por abajo de la mesa a través de mecanismos sofisticados de ocultamiento de las actividades ilegales de corrupción siempre y cuando el bien que se adquiriera, o el servicio que se contratara, o la obra que se realizara, fuera de la más alta calidad cumpliendo con los requisitos planteados en los planes de gobierno que, por cierto, siempre han sido de magnifica elaboración y pésima ejecución.

La llegada, a partir de 1982, de académicos formados en el extranjero, y por lo tanto con valores y principios de carácter más sólido, sofístico el sistema de corrupción responsable literalmente convirtiéndolo en parte de los presupuestos en ejercicio, con ello manteniendo una disciplina financiera y de objetivos y fines claros en el entendido de mantener una línea de calidad que certificara el ejercicio de poder ante la opinión pública. Esta tendencia de control académico de la corrupción se mantuvo como una línea de pensamiento administrativo hasta el año 2000 con la llegada de la oposición a la presidencia de la Republica.

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En la confusión y desorden de la transición, que mantuvo en lugares estratégicos a personajes conocedores de la mecánica de administración de la finanza pública, y sin un principio ideológico de administración y entrega de cuentas gubernamentales a la sociedad, fue el inicio del fin de la corrupción responsable. Con un gobierno que estaba atendiendo de forma superficial y en forma, no fondo, los problemas estructurales del país, el cuidado de la disciplina financiera desde el punto de vista de los acuerdos tácitos de las organizaciones a cargo del gobierno, en todos sus niveles y en todas sus áreas y formas de poder -Legislativo, Judicial y Ejecutivo- se perdió y la percepción de participar en el servicio público pasó de la imagen de abnegación, entrega y sacrificio en función de los demás, a la de una oportunidad de acceder a un mejor nivel de vida. Ingresar al servicio público paso a ser un ritual de aceptación a una organización con claras metas económicas y acuerdos no escritos en donde cada uno es responsable de una espalda. La distribución de los dineros que generaba el gobierno era más importante que las metas de servicio, adquisición de bienes o construcción y manutención de obras. Pensando en formas de mantener el poder, los políticos de la generación 2000 en adelante manipularon los recursos financieros para comprar conciencias y voluntades por encima de la realización de proyectos de gobierno, de país. El sexenio 2006-2012 con una todavía más nueva generación al poder, sólo exacerbó el modelo y el país comenzó a entrar en una fase de descomposición en la que, la ‘apertura’ democrática permitió que el modelo de corrupción responsable desapareciera también de los niveles estatales y municipales. Las estrategias políticas de ‘guerra contra el narco’, iniciadas en 2006, no hicieron sino echarle más fuego al incendio de la corrupción. Con un modelo que inició su destrucción en 1994 con la rebelión al interior del PRI que dejo ver las cuarteaduras del sistema, la perdida de discurso ideológico, de credibilidad intelectual que sucedió en los gobiernos de Zedillo, Fox y Calderón, que transformó la adopción de nuevos jugadores en el concurso político de su fidelidad y compromiso con ideas y visiones de país, a la de posiciones de privilegio para le recolección de dinero producto de intermediación en las acciones administrativas de gobierno, perforó la solidez y el cimiento del sistema mexicano para terminar de destruirlo, financieramente hablando, empujado adicionalmente por todo el derrumbe político que inició el 1 de enero de 1994.

Los gobernadores en fuga, diputados y senadores destruyendo la dignidad del Poder Legislativo balconeados en actos de corrupción constantes, jueces que con argumentos de la más mínima fortaleza intelectual dejan libres a sus cómplices delincuentes, secretarios de Estado que se aferran a la ‘chamba’ dejando al descubierto las redes de influencia que intentan proteger, precandidatos que sin ningún sustento racional o estructura de pensamiento que convenza por su lucidez ante los problemas y potenciales soluciones del país intentan ser presidentes ‘porque quieren a México’, medios de comunicación que funcionan a las órdenes de auténticos ministerios de propaganda que esconden y desaparecen una información y/o enaltecen otra, bajo consigna, y finalmente, en el punto más bajo de la contaminación que perdió a la ‘corrupción responsable’ el interés personal de miles y miles de mexicanos que, aupados por el ejemplo degradante de todos los involucrados en la cadena mencionada, deciden preocuparse por si mismos sacrificando en su totalidad el bien colectivo. Doscientos pesos en la bolsa el día de la elección son mejores que promesas de un mundo mejor para nuestros hijos.

¿En dónde?, si algún día, se destrabará este mortal círculo vicioso.

 

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