En la elección presidencial de 2018, podemos identificar, entre otros, dos aspectos que establecen una diferencia con respecto a la posibilidad que tiene el candidato puntero en las encuestas, de consolidar su primer lugar en la elección, después de dos intentos anteriores. La presencia de Morena como partido político y la transferencia de votos y, tal vez estructuras, desde el PRI y hacia Morena, como se ha visto en las elecciones estatales en los últimos dos años.

En una primera instancia, la construcción de Morena, le permitió a AMLO replantear una política de alianzas que ha tenido, por lo menos, tres etapas, de las que él mismo ha sido responsable. La primera, donde diversos grupos tanto del PRD como de otros partidos ubicaron la base estructural sobre la que se fundó Morena, pero con la posición estratégica de que no se concretaron alianzas extrapartidarias, como forma de identificar a los grupos que realmente participaron de dicha fundación. En un segundo momento, se anexaron grupos que consolidaron un segundo espacio estructural, a partir de su popularidad en diversas entidades donde buscaba consolidar su presencia, incluyéndoles como candidatas o candidatos o en espacios de dirección del partido o las campañas. La tercera etapa, se dio a partir del tránsito de diversos actores con reconocimiento en otros partidos u organizaciones, en el contexto ya de la campaña presidencial, sin candidaturas, pero con promesas de influencia o capacidad de movilización de votos y estructuras de apoyo.

Un aspecto relevante es que los votos que Morena ha obtenido en las elecciones locales de 2016 y 2017 no fueron obtenidos de aquellas estructuras que se fueron del PRD a ese partido, sino que han tenido su origen en la pérdida de votos por parte del PRI, lo que también puede implicar que haya también una transferencia de estructuras, que puede observarse a partir de la asignación de candidaturas de Morena a ex liderazgos locales del PRI.

Pero si vemos los resultados electorales de 2017, en Coahuila y el Estado de México, el PAN mantuvo su votación constante, mientras que el PRI perdió en los dos casos más de 30 puntos con respecto a la elección de gobernador anterior en 2011, el PRD creció en Coahuila casi al doble y en el Estado de México se mantuvo igual, mientras que en Coahuila Morena tuvo casi 12 % y en el Estado de México más de 30%. En Nayarit, se da un comportamiento similar, el problema es la alianza entre el PRD, el PAN y otros partidos, no nos deja valorar la fuerza real del PRD, que en proporción redujo su porcentaje cuanto tomamos la votación individual por ese partido, pero donde Morena tuvo 12%, ante una pérdida de casi 20 puntos porcentuales.

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Este mismo patrón se puede observar en las elecciones de 2016, donde incluso en aquellos estados donde ganó la coalición encabezada por el PRD y el PAN no necesariamente gana los votos que el PRI pierde con respecto a elecciones previas, sino que son asumidos por Morena, quien participaba igual por vez primera. Esto nos deja ver una diferencia sustancial con respecto a 2006 y 2012, pues si las estructuras son un aspecto fundamental para la movilización de votos, los proceso de los años anteriores nos dejan ver tendencias de preferencias por Morena, que no se explicarían únicamente por la popularidad de sus candidatos, sino por la transferencia de estructuras.

 

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