Por Luis Foncerrada*

En los últimos días de agosto, la U.S. Business Roundtable, que es la asociación o cámara industrial que reúne a las empresas más grandes y más poderosas de Estados Unidos, emitió un comunicado que puede ser un parteaguas en la historia del capitalismo, sobre todo ante los claros descontentos y deficiencias del capitalismo en términos de la solución de la pobreza y de la desigualdad, los episodios de populismo alrededor del mundo y de protestas contra el sistema, como una clara reacción a esa insatisfacción social.

En un documento firmado por más de 180 directores y presidentes de consejos de estas empresas, el Business Roundtable planteó un compromiso para que el propósito de sus empresas, que solo había sido el crear valor para los accionistas o shareholders-, se extendiera a crear valor para todos sus stakeholders, esto es, para todos aquello o todas las partes con interés en las empresas.

Y mencionan específicamente a sus clientes, para ofrecerles mayor valor y exceder sus expectativas; a sus empleados, para invertir en ellos, iniciando con una compensación justa y darles todo tipo de beneficios; así como también a sus proveedores y las comunidades en las que operan.

Su propuesta parte de una declaración de principios, manteniendo que los estadounidenses merecen una economía que les permita tener una vida con sentido y dignidad a través de su trabajo y creatividad. Y sostienen la creencia de que el sistema de libre mercado es la mejor forma de generar buenos empleos, una economía fuerte y sustentable, innovación, un ambiente sano y oportunidades económicas para todos.

En principio es una declaración y un compromiso para que el valor sea compartido; se puede pensar en un cambio importante no solo en los términos de la distribución del ingreso, en el que participan empleados, gobiernos, etc., sino en términos de ofrecer productos de mejor calidad a los clientes y cuidar a los proveedores. Una oferta de valor para todos los vinculados con la empresa y por lo tanto una mejor comunidad, un mejor país.

Finalmente, con esta promesa podría cumplirse el sueño de una sociedad innovadora, productiva, y participativa, una democracia liberal occidental.

Tal vez, si esto sucediera, la tesis de Francis Fukuyama propuesta en “El fin de la Historia y el último hombre” (1992), donde dice que “podríamos estar viendo…  el punto terminal de la evolución de la ideología de la humanidad, y la universalización de la democracia liberal occidental, como la forma última de gobierno”, podría suceder. Pero no ha sucedido y esta democracia capitalista liberal occidental se encuentra de una forma u otra, cuestionada y en crisis. En ese famoso trabajo, Fukuyama también mencionaba, para ser justos, en la parte de “Last Man”, que era el final del título de su trabajo, que había algunas amenazas potenciales a dicha democracia.

Casi sinónimo de su “democracia liberal occidental”, desde el punto de vista económico, es el capitalismo, como sistema de producción y de distribución del producto y del ingreso. Evidentemente, desde antes de 1992 y más claro ahora, los efectos de la “libre competencia” y los mercados sin regulación, han mostrado una continua y más acelerada concentración de la producción y de participación en los mercados, con las consecuencias inherentes de sistemas oligopólicos y monopólicos. Un importante deterioro en la distribución del ingreso y ciertamente del producto, de los servicios y del acceso a salud y educación. Los fenómenos de populismo, como Brexit, el discurso del presidente Trump, la variedad de los casos latinoamericanos, Rusia, Polonia, Turquía, Hungría, Italia, son claramente resultado de una incapacidad del capitalismo por resolver la calidad de vida y ofrecer proyectos de vida a la población.

La distribución del ingreso y por supuesto de la producción, al contrario de lo que se podría esperar con la innovación, el avance tecnológico y la comunicación, se han ido deteriorando sistemáticamente. Los países de la OCDE, a través de su recaudación y de su gasto público logran reducir el coeficiente de Gini, la desigualdad, de manera importante (20 puntos en promedio), que es muy bueno, pero no suficiente. Los países latinoamericanos, en cambio, apenas logran una reducción de 2 o 4 puntos. Una reducción insuficiente. Es cierto que también se explica por la existencia de administraciones y gobiernos irresponsables y corruptos.

El compromiso de esta poderosa asociación americana de empresas podría efectivamente afianzar la democracia liberal occidental en una economía de libre mercado, pues estas entidades con su inversión y con el empleo formal, la innovación, la responsabilidad social, el cumplimiento y el impulso de mejores ambientes dentro y fuera de sus empresas, tienen la capacidad de generar un impacto en todos sus stakeholders, no solamente en Estados Unidos, sino en el mundo.

*Asesor Económico de American Chamber/Mexico

 

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