En un lapso de año y medio, el peso sufrió una devaluación de casi 50% frente al dólar, durante los primeros ocho meses no había una explicación racional para justificar tal volatilidad cambiaria, según los analistas.

Diez meses después, la volatilidad se mantenía, pero esta vez, las razones tenían que ver con la medida de Reino Unido de abandonar la Comunidad Europea y pocos meses después, por el triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos.

¿Pero qué sucedió previo al Brexit y a Trump que debilitó 30% al peso frente al dólar? El razonamiento económico explicaba que los fundamentales macroeconómicos de México no coincidían con el comportamiento de los mercados cambiarios. En pocas palabras, el peso sufrió una oleada especulativa.

Basado en lo anterior ¿podemos suponer que el peso fue una víctima más del término global que domina las multiplataformas del internet conocido como posverdad? Posiblemente habrá quienes piensen que no es así, pues la economía responde a las tendencias de mercado; pero otros tantos piensan lo contrario, pues los fundamentales macroeconómicos de la economía mexicana, decían los funcionarios del gobierno, eran sólidos.

Para algunos el ejemplo anterior, puede ser un simple debate entre puntos de vista, pero la realidad actual nos dice que el fundamento de la posverdad, cada vez prevalecer con mayor frecuencia en el acontecer cotidiano de nuestras actividades y se ve potenciado por las redes sociales.

El término posverdad fue acuñado por el sociólogo norteamericano Ralph Keyes en el libro titulado Post-truth publicado en 2004 y su significado “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”.

La definición es una manera de describir el contratiempo y hasta la conmoción, y el Brexit y el triunfo de Trump, son dos ejemplos claros de la posverdad en la medida en que uno y otro hecho, han superado las expectativas convencionales del pensamiento racional.

Un ejemplo de la posverdad mexicana es el incremento de las gasolinas; el hecho de que el gobierno haya tomado esa medida para evitar un mayor deterioro de las finanzas públicas, puede ser un argumento irrefutable, sin embargo, la reacción de todos los sectores de la sociedad fue de enojo debido a los malos manejos de las finanzas públicas, la corrupción y el desvió de fondos en todos los niveles de gobierno.

La reacción ante ese hecho, fueron las manifestaciones y los saqueos que inundaron las redes sociales con consignas contra el gobierno. La respuesta del gobierno por su parte, fue lanzar un spot publicitario con el que pretende explicar el incremento de los combustibles que tiene su origen en la importación de gasolinas, la devaluación del peso y el incremento de los precios internacionales del petróleo.

Lo que no explica la propaganda gubernamental, es que se importan gasolinas porque en México se desmantelaron todas las refinerías que tenía el país durante los sexenios de Zedillo, Fox y Calderón. Es decir, las dos posturas están basadas en hechos reales, aunque en el caso del spot, éste apela más a incentivar las emociones nacionales en vez de mostrar los orígenes de la crisis de los combustibles.

Uno de los principales canales en donde los argumentos de la posverdad han ganado influencia, son las redes sociales y los sitios web de noticias que están enfocados en ganar presencia en base a la mayor cantidad de clicks y likes posibles, aunque las notas no sean cien por ciento ciertas.

Ha pasado casi al olvido el fenómeno sucedido en el 2012 en los municipios de Nezahualcóyotl y Ecatepec cuando en las redes sociales se anunciaron saqueos a pequeños comercios, casa habitación y transeúntes, que obligaron a parar las actividades normales de ambos municipios.

Otro caso y quizás más elocuente que el anterior, fue la desaparición de los estudiantes en Ayotzinapa, el caso develó todo tipo de conjuros y emociones en las redes sociales; se habló de represión, de su filiación con grupos guerrilleros e incluso de su posible nexo con el narcotráfico.

Se especuló también sobre la forma en que fueron asesinados y se solicitó apoyo de peritos nacionales e internacionales. En todos los casos las redes sociales y medios digitales de información, crearon y formaron un sin fin de historias que nos llevaron al punto en el que nos encontramos, nadie tiene certeza de lo que sucedió.

Ralph Keyes señala en su libro que nos encontramos en la era de las teorías de la conspiración, estamos en la época en la que una mentira puede ser asumida como verdad o incluso una mentira asumida como mentira, pero, fundada en una creencia como hecho compartido de la sociedad.

Estamos ante un fenómeno social en el que los medios juegan un papel importante, en donde la exaltación de las emociones de las audiencias es relevante para hacer realidad un hecho que no necesariamente está basado en la verdad.

Trump viene a bien como ejemplo una vez más cuando observamos que su campaña electoral la basó en “afirmaciones que se sienten verdad, pero que no se apoyan en la realidad”. Este ejemplo está bien ilustrado en el capítulo seis de la serie The Black Mirror, en donde Waldo se convierte en el principal aspirante en una contienda electoral.

Lo cierto es que la posverdad en la política, no toda la culpa o el mérito es de Donald Trump. En México, la clase política ha sido por décadas maestra en el arte de manejar la posverdad aún y cuando no había sido acuñado el término.

El caso de Javier Duarte, ex gobernador de Veracruz, que gastó tiempo y dinero en defender su imagen asegurando que su gobierno no había incurrido en actos de corrupción es otro ejemplo. Hoy está prófugo, y el gobierno federal que antes los respaldaba, ahora lo busca.

Un ejemplo más es el spot publicitario en donde el presidente Peña Nieto aseguraba que con la reforma energética, no habría más incrementos en los precios de las gasolinas, gas y energía eléctrica, hoy la realidad lo ha rebasado.

La sociedad tiene la percepción de que los políticos, mienten cada vez más y de manera descarada, pues su tendencia a ocultar y exagerar hechos, genera esa percepción que es inmediatamente capitalizada en las redes sociales, en donde unos y otros abordan desde su trinchera su estrategia para manejar la posverdad.

Los políticos hoy usan la posverdad como una táctica y una forma de encauzar su relación con la ciudadanía en la que el discurso se reafirma, aunque sea una gran mentira. La negación de los hechos, las cifras y evidencias, son negadas rotundamente en una comparecencia y en las ruedas de prensa.

Pero ¿cuál es el papel de la sociedad ante un escenario como éste? El razonamiento lógico nos dicta que debería informarse, constatar e investigar por su cuenta con las herramientas disponibles a la mano; sin embargo, está sumida en las redes sociales y en la inmediatez de la noticia, no se documenta y saca sus propias conclusiones que hace prevalecer en las redes sociales.

El escenario anterior, ha contribuido a la fragmentación de la sociedad pues ahora cada individuo busca un grupo que le sea afín y asume sus principios para después iniciar un proceso de recopilación de información y datos que validan los principios del clan para a partir de eso, asumir una posición activa en la sociedad despreciando cualquier otra tesis contraria a la adoptada.

Los medios de comunicación tienen frente así un reto para generar información más apegada a la objetividad, y no basarse solamente en hechos, esto con el objetivo de contribuir a generar más análisis y debate entre la sociedad.

Lamentablemente, la carrera por los clicks y la captación de mayor número de audiencias, ya sea en la radio, redes sociales o medios digitales, hicieron caer en la tentación a las grandes cadenas televisivas estadounidenses, para tener a Donald Trump en todos sus espacios televisivos durante su ascenso a la Casa Blanca, bajo el argumento de mantener el rating. El resultado ahora, lo padecemos todos.

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