En realidad, hubo mucho ruido en todo.

Hoy el nombre, es el de una niña que existió en el sentimiento de los mexicanos. Hoy se rescata, la idea de que, en realidad, lo único verdaderamente importante era lo que sentíamos y que se resumía en al ansía conjunta, verdaderamente humana, de querer ver a alguien más con vida, en ese y otros edificios.

Aquí parte de mi experiencia, de lo que viví durante la tarde del 19 de septiembre, esa noche y la mañana del 20.

De momentos difíciles, del tema de las listas, la charla con padres y familiares del Rébsamen, y de lo que hacíamos con la única y firme intención de apoyar. Como muchos mexicanos que estuvimos ahí y en otros lados, y que hacíamos lo que se podía, lo mejor que podíamos.

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Crónica del terremoto

Bajé del tercer piso del edificio de departamentos, como todo mundo, saltando escalones de tres en tres, mientras rezaba en voz alta, con mi hija de cinco años con necesidades especiales en brazos, quien venía calladita, espantada y calladita, sin saber siquiera porque todo se movía.

Cuando salí al jardín se desplomó una especie de “losa” que venía de una viga que unía a dos edificios y logré ver cómo de algunas torres de departamentos, salían cascadas de agua por los balcones.

Por fin logré salir a la calle, el temblor seguía, y vi vecinos en estado de crisis, la mayor parte contenidos en una emoción desconcertante y cargada de silencio.

He de decir que me parecía una forma extraña de reaccionar, uno esperaría ver a la gente llorando más hacia afuera que hacia adentro, gritando o expresándose de una manera distinta. Pero ahí estaban ellos, mis vecinos, en un silencio confuso y contenido. Impávido por saber de cierto que la historia se estaba repitiendo 32 años después.

No hubo quizá una sacudida “trepidatoria” tan grande como esa. Saber que era 19 de septiembre y reconocer esta realidad que acalla toda explicación que buscara salir de nuestras voces.

Es quizá el silencio más conmovedor y real que he sentido. Que se rompió a los dos minutos, cuando una mujer llorando y en crisis bajó de un taxi, diciendo que había sobre Tlalpan edificios colapsados, y polvo denso que evitaba ver la avenida.

Casi como reflejo las personas que estaban llamando a sus familiares, empezaron a abrir sus redes sociales y los videos empezaron a aparecer por todos lados. Todos lo vimos.

La noticia del Rébsamen

Enseguida llego un señor, y comentó que la escuela Enrique Rébsamen había colapsado, preguntando a quienes ahí estaban, si tenían hijos allá. Alguien mencionó a los hijos de varios vecinos.

Tomé el coche, Tlalpan a la altura del Estadio Azteca era un estacionamiento. Después de media hora oímos los primeros helicópteros y las ambulancias, tarde casi tres horas en dejar a mi hija en casa de su abuela, en un trayecto en el que normalmente se hacían diez minutos. Logré hablar con algunos de mis familiares antes que la señal cayera, y ahí en el lapso de tres horas, sólo pensaba en la escuela que me dijeron acababa de colapsar.

Tras dejar a mi hija, yo como miles de personas, me lancé a la calle, así en playera y como venía vestido, para comenzar a recorrer a pie esos seis kilómetros que me separaban del colegio Enrique Rébsamen.

El trayecto

En el trayecto vi como mucha gente iba en la misma dirección, todos a pie, ya que el tráfico no permitía otra manera.

Entre toda la gente que caminaba, se acercó alguien que llamó mi atención, para preguntarme si yo sabía dónde estaba la escuela, era un joven médico de alrededor de veintiocho años que venía con filipina azul. Era médico del ABC de Constituyentes, me platicaba que venía desde allá en cuanto supo de la escuela, que había hecho tres horas de camino hasta Tlalpan y periférico en camión. Y desde ahí decidió como mucha gente caminar, con la única intención de apoyar.

Jóvenes gritaban lo que se requería sobre Acoxpa: picos, palas, jeringas, gasas, agua. Algunos sostenían cartelones hechos por ellos mismos para tal efecto.

Las listas

Llegue al colegio Enrique Rébsamen poco antes de las seis de la tarde, tras caminar las calles de Renato Leduc, Tlalpan y Acoxpa.

Ahí vi como personas, tenían hojas con muchos nombres de niños extraviados. Comencé a intentar organizarlos, tomé el megáfono y pedí que se juntaran, instalamos una mesa sobre prolongación División del Norte, frente a la calle de Brujas.

Pedíamos a los padres que se acercaran a la mesa para tomar el nombre de sus hijos, a esas listas les decidimos poner hasta ese momento “niños extraviados” pues no se sabía sencillamente donde estaban, y no podíamos asegurar que estuvieran bajos los escombros.

Luego se nos sumó una maestra del Rébsamen, que iba y venía con personal de la marina, y otros voluntarios, la mayoría jóvenes.

Se establecieron tres listas, la de extraviados, otra de personas que rescataron y mandaban en ambulancias y la de decesos o de “Jojutla”. A esta lista le nombramos así pues correspondía a la dirección del Ministerio Público de Jojutla y Matamoros en la colonia La Joya, en la delegación Tlalpan, donde según nos dijeron se estaban llevando los primeros cuerpos.

A los padres al principio, no se les permitía el acceso y éramos nosotros quienes buscábamos hablar con la Marina para que les permitieran el paso.

Después de un rato se les dio acceso y alguien de la mesa le acompañaba hasta las instalaciones y a la privada. Donde vimos que había otra mesa con información, con quienes compartimos información en distintos momentos. Misma que al poco tiempo fue tomada por la dirección y la Marina. Al principio estuvieron de acuerdo en checar listas de ambos, y conjuntarlas, después no querían compartir las suyas, cuestión que nos pareció absurdo pues los padres el primer contacto que tenían eran con nosotros, y éramos nosotros quienes los guiábamos hasta la privada.

De un momento a otro llego una persona de Canal Once, el primer medio de comunicación que veíamos, preguntamos si tenía señal para pedir apoyo para medicamentos y herramientas, que se requerían, pero nadie, tampoco ellos, tenían salida de celular o forma alguna de contactar a terceros.

El traía una computadora y comenzamos a dictarle los nombres de los niños que nombramos como “extraviados”.

La lista creció y creció, conforme avanzó la tarde y parte de la noche. Mientras continuábamos apoyando a la gente como podíamos.

Desde dentro se hacía una línea de voluntarios, que, de boca en boca, decía los nombres de los niños y niñas que se rescataba con o sin vida, mismos que apuntábamos.

Al principio no sabíamos a donde se les llevaba a los niños lesionados, al menos no con exactitud, teníamos registrados como posibles el Hospital Ángeles de Acoxpa, el Naval Militar y después tuvimos registrado por una de las brigadas que mandamos el Ángeles del Pedregal. Después de eso mandamos brigadas de personas a cada hospital, pero algunas de estas no regresaban y había que mandar una nueva.

Muchos de los padres, familiares y amigos, llegaban a preguntarnos sobre la información que teníamos, desgraciadamente a unos podíamos ayudar y a otros no, pues no los teníamos en listas. Ahí era cuando preguntábamos sobre a quienes buscaban y los registrábamos en las listas de extraviados.

En las listas de los decesos, que llevábamos algunos de los voluntarios, para las siete de la tarde, ya aparecían varios nombres casi todos de alumnos con excepción del de una maestra de nombre Claudia de Segundo A.

Nos dijeron que la privada, albergó al principio a los niños que lograban rescatar con y sin vida, y que hizo las veces de hospital en las primeras horas.

Pedíamos información a una maestra sobre los datos que teníamos, no obstante, esto era complicado, pues había muchos niños que habían salido con vida desde el inicio de las instalaciones.

Supimos también, quienes estábamos ahí, que hubo por supuesto maestras, que reconocieron a algunos de los niños que lamentablemente sacaban sin vida.

Después una persona con una camiseta de comunicaciones de protección civil nos ofreció un radio para estar en contacto con él, desde el edificio. Cuestión que creíamos nos iba a facilitar llevar las listas, pero no fue así, pues la interferencia era tanta que se oía con mucha dificultad, todo esto entre gritos, sonidos de ambulancias y cientos de personas que no paraban de decir cosas en la calle.

Las listas llegaron a 144 adentro de la privada frente al Rébsamen.

Los familiares

No me puedo quitar de la cabeza, la imagen del rostro desencajado del primer padre que vi, de los que ya sabían de cierto, la muerte de su hijo. Venía con su bicicleta, que recargó en un poste de concreto a un lado de la mesa de información. Traía guantes, casco y vestía bikers.

Se veía desencajado. Me comentó que acababa de reconocer el cuerpo de su hijo. Decía estar tranquilo, aunque su mirada detonaba un desconcierto brutal.

Dijo haber sido de los primeros médicos que habían llegado a ayudar, después me pidió consejo de cómo decirle a su hija que su hermano había fallecido.

Le pedí que tomara un respiro momentáneo, y que no pensara en ese momento en su hija.

Primero dime ¿tú como estas? Dije, sabes es importante que comiences a expresar lo que sientes, yo no me lo puedo imaginar, pero eso ayuda.

Le veía temblar un poco las piernas, y cuando eso paso le lleve a recargar su mano en el poste de concreto. Él decía estar tranquilo pero sus ojos revelaban otra cosa.

Su mirada perdida y choqueada, delineaba una incertidumbre como pocas.

Movía los ojos enrojecidos de las lágrimas, de un lugar a otro, como buscando fuera de sí, en la banqueta o en el pavimento de la calle, una respuesta para decirle a su hija. Una respuesta cualquiera que fuera.

Repetía que no quería llegar a su casa, pues no sabía que decirle, la niña se había salvado y esperaba en casa a su hermano, le pidió que le llevara a su hermano, pues ella quería volver a jugar con él.

“Dime ¿qué le digo, ¿qué le digo?” repetía. Le di agua y hablé con él.

Al poco tiempo llegó un amigo suyo, y notamos que era el papá de otro niño. No te imaginas el gesto mudo y la mirada que hizo romper en llanto a este papá y soltar gritos mudos, de esos que intentan salir, pero no tienes el aire para expresarlos y todo se queda en la gesticulación, que se carga de impotencia.

Personas e historias y regresaban a esa mesa.

Un hombre llegó a decirnos el nombre de un niño al que buscaba, comentando que sus padres estaban de viaje y se lo habían encargado a él. Él ya había informado del asunto y ellos estaban buscando vuelo para llegar. Estaba desesperado por dar respuesta a los padres antes de que llegaran. Decía haber ido a distintos hospitales y nos pedía más información.

Checando en las listas, vi que el nombre estaba en la de Jojutla. De acuerdo con lo que nos habían dicho el niño había fallecido, así que me acerqué a decirle que se debía tomar con discreción esa información e irlo a buscar allá.

Nosotros le decíamos simple y sencillamente que hacíamos lo que podíamos, que éramos voluntarios. También le dijimos que era posible que los operadores de las ambulancias podían haber decidido llevarlo a otro lado, que los factores podían ser muchos, desde el tráfico hasta que no tuvieran lugar, que desconocíamos que había pasado.

La realidad, como muchos de los voluntarios vivimos, había decisiones que nos ponían, fuera de nuestro círculo de influencia y hacíamos lo que podíamos.

Y así muchos, muchos niños, muchos, algunos que quizás fueron recogidos por otras familias y que fueron abrazados por sus padres como nunca lo había hecho por verlos vivos y otros, que terminaron tendidos, a quienes también abrazaron de una manera única.

Yo personalmente vi cómo se perdía el brillo de los ojos de los padres que reconocían a sus hijos, y cómo había otros que iban y venían desfilando por ese pasillo, al que una persona de protección civil bautizó como el pasillo de la tristeza, mismo que se dividía de forma natural entre el hospital improvisado y las sábanas atadas unas tras otras para hacer una casa de campaña donde resguardar tantos cuerpos de pequeños de 7 a 12 años.

La verdad pocas noches tan fuertes en mi vida, como esa, donde conté y vi, 26 cuerpos sin vida de niños que tenían que haber estado en su casa esa noche tomando chocolate y viendo la tele. Pocas noches con tanto desfile “absurdo” de políticos y medios.

Y como siempre quienes estuvimos ahí, lo sabemos, sabemos que hubo más personas que perdieron la vida. Quienes estábamos ahí por ayudar, lo vimos.

Una necesidad que se alimentó a cada hora que pasó, pues durante toda la noche del 20 de septiembre sólo se sentía una tristeza expectante.

El nombre

Los padres pasaban frente a nosotros con los rostros desencajados y salían desconsolados. Y aunque habláramos con ellos, sabíamos de cierto que ya poco se podía hacer. Por eso cuando alrededor de las cuatro de la mañana dijeron que había una niña que se llamaba Frida, poco importó su nombre. Sencillamente porque se trataba de una niña. Si la hubo o no, hoy todo se resume a esa necesidad, al sentir en momentos de oscuridad esa forma que nos hace ser tan humanos y tan frágiles. La esperanza de ver vida. Fue triste, pero queríamos saber que había alguien más ahí. Lo tuviéramos o no en las listas. Y al final después de oír ese nombre, nadie más salió de ahí. Por ello es que nuestros deseos se quedaron en nosotros. Nadie más salió con vida de entre los escombros. Y así fue que a nivel emocional, todos fuimos Frida Sofía.

 

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