Estoy dando una conferencia ante un grupo de empresas de seguridad. Muestro los resultados del Semáforo Delictivo, las causas y tratamiento de cada delito, la propuesta de paz que presentamos en marzo y la propuesta de buen gobierno que estamos enfatizando últimamente.

Todo va por buen camino, hago empatía con el público, entienden, asienten con su lenguaje corporal… hasta que menciono la necesidad de regular drogas para bajar homicidios.

Parece que acabo de cachetear a una parte del auditorio pues se remolinan como si se les subiera un ejército de hormigas por los pantalones o la falda.

En primera fila, levanta la mano un participante y me interrumpe; tiene necesidad de escupir toda la emoción negativa que mi propuesta le ha causado.

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En lugar de caer en el juego y contra-argumentar, les hago ver su malestar y trato de explicarles su reacción.

No estamos ante un público neófito, son “expertos” en seguridad privada, son profesionales y, sin embargo, la reacción de algunos es idéntica a la del público en general.

¿Qué pasó?

Gran parte de la humanidad se ubica en ese nivel de consciencia, en el temor. Y el resto, se ubica en el deseo o en la ira. Muy pocos se elevan por encima del ego y logran niveles de aceptación, de razón, de amor o de paz.

Los políticos lo saben, al público se le puede manipular desde lo emocional. De nada sirve la inteligencia. El manipulador apela a los temores más básicos de la población para moverlos en la dirección deseada. Es una estrategia muy básica y muy efectiva… hasta que alguien habla de ella.

Eso es lo que intento hacer, me dirijo a su temor y lo pongo en el centro del escenario para dialogar con él. Es una catarsis, un psicoanálisis, un ejercicio de auto-observación.

A veces surte efecto. A veces no, pero el tema de regular me da una excusa para mostrar el temor, al odio y a la inseguridad de la población y mis propias inseguridades, temores y odios. Y eso lo hace apasionante.

El público deja de observarme y empieza a auto-observarse. No todos, a unos les siguen caminando las hormigas por los pantalones y no tienen la paz para hacerlo, pero la energía empieza a cambiar y hay que darles la oportunidad.

Esos momentos de auto-observación son raros en la vida, pero son sumamente valiosos porque dejamos de ser prisioneros de nuestra historia, de nuestras limitaciones y de nuestra emoción. Todo sistema complejo debe observarse desde “fuera”, por resultados, pero en este caso tenemos que agregar algo más, tenemos que observarnos desde “arriba”, es decir, con compasión.

Si no le agregamos compasión corremos el riesgo de auto-flagelarnos y recriminarnos por nuestras limitaciones y errores. Desde “arriba” todo es diferente pues ya no sólo es la cabeza la que observa, ahora hemos agregado el corazón.

Al corazón no le interesa quién tiene la razón y quien no la tiene. No que ésta deje de ser importante, pero ahora se trasciende; lo importante es reconocerse a sí mismo y al otro con todos los defectos. Si la razón a veces separa, el corazón siempre une.

No somos un país de buenos y malos, inteligentes y tontos, honestos y corruptos; somos un país y un sistema político-administrativo que no ha tomado las mejores decisiones.

Todo sistema quiere sanarse y tiene la capacidad para hacerlo. Por tanto, la mejor manera de ayudarlo es removiendo emociones y procesos tóxicos, una vez que se hace eso, empezaremos a sanar.

Así que cada vez que se te suban las hormigas, haz un alto, obsérvate desde fuera y desde arriba.

 

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