Se acercan las elecciones, de las más esperadas en la historia moderna, ya que el cambio urge, tanto a nivel nacional como estatal. En lo personal, pienso que los mexicanos merecemos una mejor gobernabilidad, transparencia, justicia, educación, salud, infraestructura, visión de país y ánimo nacional.

Para algunos, su forma de cambiar las cosas es lanzarse a algún puesto público, o bien, sumarse a una campaña; mientras que otros ponemos nuestro granito de arena desde nuestra profesión o como activistas sociales. Pero la herramienta de cambio que la mayoría habrá de usar este año será el voto. Claro, habrá algunos que no hagan nada de lo anterior y se dedicarán a juzgar o a ver pasar las cosas frente a sus ojos.

Votar es tanto un derecho como una responsabilidad de cada ciudadano mayor de edad, pero también es un ejercicio de conciencia plena. Con el sufragio, celebramos y honramos nuestro libre albedrío como seres humanos que son miembros de una sociedad.

En muchos territorios de nuestra vida, actuamos de manera inconsciente; incluso, muchos hablan, consumen y comen de manera inconsciente. Algunos neurocientíficos afirman que, de todas nuestras acciones, en un día convencional, el 80% son inconscientes, automáticas o no racionalizadas, y tan sólo el 20% son acciones premeditadas.

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Sin embargo, el nuevo rumbo de nuestro país tiene que ser decidido por mexicanos y mexicanas pensantes. Votar de manera razonada implica investigar a detalle la historia y las propuestas de los candidatos y sus partidos, las personas más cercanas que los rodean y los patrocinadores que traen detrás, quienes están financiando las campañas.

Ir a las urnas con una reflexión previa significa amarnos y respetarnos como seres únicos y libres, así como amar a nuestro país y participar, de manera decidida, en el rumbo que habrá de tomar.

Históricamente, millones de personas votan siguiendo las instrucciones de sus jefes o líderes, presionados o acarreados; pero entregar nuestro voto es entregar nuestro libre albedrío, asumirnos como niños o personas inmaduras incapaces de tomar nuestras propias decisiones.

Nadie puede considerarse líder de nadie si lo obliga a hacer algo, y nadie puede considerarse libre si hace las cosas por imposición. Los líderes empresariales, sindicales o de cualquier organización tienen el derecho de hablar en favor de cualquier candidato, pero no el de arrebatar a nadie su libre albedrío.

Puedes votar por quien quieras, incluso anular tu voto o aplicar una estrategia de voto cruzado (en donde votas por un candidato a presidente, de un partido o independiente; y, para otros cargos, por uno de otro partido para equilibrar el poder), pero vota desde la conciencia y en libertad.

Sufragar es participar en una decisión. Y, para prepararnos para elegir a quienes gobernarán nuestra alcaldía, estado y país durante los próximos años, podemos aprovechar estos meses y reflexionar qué tanto participamos hoy en la realidad que nos rodea.

¿Voto en mi casa y hago valer mi opinión sobre cómo se administra el dinero familiar o cómo se elige el destino de las vacaciones? ¿Realmente decido yo qué estudiar, qué deporte hacer o en dónde trabajar? ¿Actualmente participo para decidir cómo se mantiene el parque frente a mi casa o a quién se elige como jefe de vecinos?

Participar conscientemente en las decisiones individuales, familiares, escolares, laborales o vecinales, es una gran forma de probarnos y prepararnos para ser tomados en cuenta y potencializar nuestra capacidad de análisis y elección.

Uno de los sueños más grandes y anhelados del ser humano es vivir libremente, pero, para ello, tenemos que ser nuestros propios aliados con el fin de mantener nuestra libertad. Si cedemos nuestro voto, nosotros mismos nos encarcelamos. Es hora de romper las cadenas y dejar de ser ovejas y entregar nuestra voluntad. Así que, votemos razonadamente. Demostremos que somos un país constituido por personas libres y pensantes.

 

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