Recuerdo la voz de mi maestro de lógica, el profesor Tejeda, que nos explicaba la importancia entender las complejidades del dilema. La lógica lo define como un argumento que está formado por dos proposiciones contrarias y disyuntivas, al conceder o negar cualquiera de estas dos proposiciones, queda demostrado aquello que se quería probar. Es decir, un dilema es un razonamiento en que una premisa contiene una alternativa de dos términos y las otras premisas muestran que los dos casos de la alternativa conducen a la misma conclusión. Es una situación difícil o comprometida en que hay varias posibilidades de actuación y no se sabe cuál de ellas escoger porque ambas son igualmente buenas o malas. Lo sabemos, así es la vida y los dilemas nos asaltan tanto en la vida profesional como en la personal.

Un dilema es un camino que se bifurca sin tener certeza cuál de las direcciones es la mejor para ser elegida. En el terreno profesional los enfrentamos en la cotidianidad, lo extraño es saltar por encima de las alternativas, sin poner atención a otras posibilidades que podemos tener. Lo peligroso es negar que haya distintas maneras de abordar un problema sin que se midan los riesgos. Un dilema requiere de análisis y de contrapuntos. Sin embargo, es tan agradable sentir que se nos unta miel en la oreja cada vez que nos dicen lo que queremos escuchar. En el otro extremo, nos enfadamos cuando nos hacen ver que nuestra alternativa puede mejorar y nos lleva a la furia cuando se nos insinúa que lo que propusimos no tiene posibilidades de éxito.

La soberbia no sólo es un sentimiento de superioridad frente a los demás que provoca un trato distante o despreciativo, también el disgusto que muestra una persona que expresa un punto de vista diferente al de nosotros. Hoy en día es tan fácil toparnos con opiniones idénticas a las nuestras. Casi todo lo que vemos en línea, a partir de resultados de búsqueda es generada por algoritmos. Así trabaja Facebook, por ejemplo. Este código invisible da prioridad a la información que piensa que nos puede gustar y que puede convertir su experiencia en línea en una caja de resonancia de las opiniones idénticas. Lo peligroso de que se nos muestre siempre aquello concordante a nuestro pensamiento es que nos nubla otras posibilidades y nos vuelve perezosos al momento de pensar. Es como si estuviéramos en una pesadilla de ciencia ficción en la que una máquina es la que va modelando nuestra forma de pensar.

Las consecuencias son serias y de amplio alcance. Las derivaciones más comunes y dañinas son las noticias falsas y la desinformación que ya son omnipresentes en nuestra cotidianidad. Los niños pequeños están siendo sometidos a contenido pernicioso algorítmicamente optimizado. Quizás la implicación menos preocupante es que existe un sesgo sistémico en nuestras fuentes de información, que operamos y estamos informados por pequeñas cámaras de eco. Es una ironía grotesca que nuestras experiencias en Internet hoy lejos de ampliarnos las miras nos las esté estrechando.

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¿Cómo se puede evitar que los algoritmos escribiendo en nuestra visión del mundo? Si bien los científicos, los expertos en el manejo de datos, los legisladores y los consejos de ética trabajan en soluciones a largo plazo de gran escala, nos corresponde a nosotros, como agentes individuales, asegurarnos de que descubrimos y aprendemos lo que realmente necesitamos. En el contexto profesional en el que tenemos que hacer uso de la tecnología en forma diaria, es más importante que nunca que el profesional moderno tome buenas decisiones basadas en buena información: objetiva, imparcial, de base amplia.

Por supuesto, la resistencia a los algoritmos es difícil porque nos enfrentamos a un sofisticado sistema secreto. Pero no es inútil, todavía. Aquí hay cinco pasos prácticos que puede tomar en este momento que nos recomienda Marc Zao Sanders CEO y cofundador de filtered.com

  • Para empezar, el primer paso es reflexionar sobre lo espinoso que puede ser ver sólo las cosas con las que ya está de acuerdo.
  • Ser escépticos, indagar sobre la veracidad e integridad de la información que nos llega, especialmente la que proviene de Internet.
  • Asegurarse de que estamos leyendo en fuentes confiables acerca de los problemas en el mundo.
  • Ayudemos al algoritmo con el juego. Cambiemos la configuración para permitir algunas recomendaciones aleatorias. Seguir deliberadamente a las personas con puntos de vista contrarios y explorar de forma proactiva las plataformas de medios sociales elegidas en lugar de solo consumir pasivamente el contenido utilizado. La exploración será recogida por el algoritmo y reflejada en futuras recomendaciones.
  • Decidíamos conscientemente cuánta influencia humana deseamos. Los resúmenes de correo electrónico personalizados y las sugerencias de las redes sociales se determinan algorítmicamente. La editorial tradicional todavía es elegida por la mano humana. Por supuesto, la curaduría humana también está sujeta a prejuicios. Pero también está sujeta al escrutinio de una audiencia más amplia con líneas de responsabilidad más claras, ética y estándares y una aspiración, al menos para algunas publicaciones, de ofrecer una cobertura integral más que subjetiva.

La influencia de los algoritmos es inmensa y de doble filo. El dilema que se nos presenta involucra algunos de los efectos tóxicos que hemos plantead. Los beneficios también son sustanciales: de miles, millones, incluso miles de millones de piezas de contenido mayormente irrelevante, los algoritmos sirven una alimentación que es a la vez compulsiva e inspiradora. Así, pareciera que nos estamos complicando la vida, que estamos buscando cuestionamientos en vez de certezas y seguramente es así es. Al enfrentarnos a distintos puntos de vista nos entrenamos a la vida real y no a la vida artificial. De ahí la importancia de tener un contrapunto.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

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