No es nuevo ni sorprendente para nadie el estado de impunidad en el que vivimos en México. No es tampoco rara la falta de aplicación de las leyes. Tampoco es de extrañarse el sistema clientelar y de amiguísimos bajo el que funcionan los principales mecanismos de organización en nuestra sociedad.

Es la lógica del más fuerte. Sí, como en la selva. La lógica del que puede más, del que paga más, “del que más las mueve”. Es un sistema donde la aplicación de la ley no es ley. Donde no hay igualdad, ni equidad. Donde hay justicia, pero solo para algunos. Donde las consecuencias son solamente un concepto teórico, pero no practico.

Desgraciadamente ese es el país donde vivimos. Desafortunadamente, somos cómplices en perpetuar esa realidad. Porque lo que no nos incomoda, no existe, porque siempre está al alcance de la mano un “¿cómo nos arreglamos?”.

Y es que los conceptos que menciono anteriormente tienen tal arraigo cultural entre nosotros que me atrevo a afirmar que necesitamos un par de generaciones en donde la ley se aplique parejo para que esto pueda cambiar. Y no soy negativa, nunca lo he sido, pero sencillamente este tema me rebasa. ¿Cómo vamos a cambiar una sociedad que no tiene ganas de evolucionar? ¿Cómo vamos a erradicar malas prácticas, corrupción, clientelismo, favoritismos, si la educación de los hijos de cierto sector de la sociedad (el más influyente, el más rico) se basa en la lógica de un micro-mundo de gente privilegiada?

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México me hace sentirme orgullosa por millones de razones al día: por su gastronomía, por sus recursos, por la ironía que con maestría manejamos los mexicanos, por su gente trabajadora, por el orden que impera en medio del caos, por su cerveza, por supuesto. Pero México también me hace sentirme terriblemente triste a lo largo del día y esto se debe a sistemas y organizaciones de una sociedad que lleva cientos de años privilegiando al privilegiado.

Y por ello, no me queda mucho más que decir el día de hoy.

Hasta el próximo martes…

 

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