2013 pasó a la historia como el año en que los mexicanos descargaron más música a través de tiendas virtuales y evitaron asistir a un lugar a comprar un disco compacto. Eso coloca a productores, distribuidores y artistas, frente a un negocio con menores márgenes de ganancia.

 

 Por Jorge Cervantes

 

La crónica de la ‘muerte’ del disco compacto bien podría empezar en 2012, ese fue sin duda el año en el que la industria musical en México preparó el terreno para que, en los meses siguientes, la venta de soportes físicos de música fuera superada por el comercio en línea de canciones. Todo un hito en la historia de este negocio.

Nueve años bastaron a la música en formato digital para desplazar en México a la venta de discos físicos. De acuerdo con el más reciente reporte de la Asociación Mexicana de Productores de Fonogramas (Amprofón), en los primeros nueve meses de 2013, los ingresos por venta de discos y canciones en línea superaron por más de un millón de dólares (mdd) a los obtenidos por la comercialización de obras materiales.

La señal que los agoreros del desastre esperaban para celebrar la supremacía del formato digital en la música, llegó con este cierre de 2013. De acuerdo con cifras de la Amprofón, de enero a septiembre, la industria musical generó 85 mdd en el país; de esta cifra, 43 mdd se recaudaron vía tiendas digitales y 42 mdd provino del mercado tradicional.

 

Cambio con claroscuros

Sin embargo, este giro en la industria de la música no da para pensar que el negocio de la venta de música pasa por días de bonanza. Gilda González, directora de la Amprofón, sostiene que, durante un lapso de 12 años (de 2000 a 2012), esta industria pasó de registrar ingresos del orden de los 558 mdd, a los 141 mdd. Una dramática caída que podría acentuarse al cierre de 2013, con lo que quedan sepultados aquellos momentos de la década de 1990, cuando se vendían anualmente 76 millones de discos físicos, frente a los 19 millones que se comercializan en la actualidad.

¿Qué originó la caída? De acuerdo con directivos de Mixup, una de las tiendas de música más importantes de México y América Latina, la venta de música cayó a nivel mundial, pero la raíz del desplome germinó en 1994, cuando la tecnología empezó a involucrarse de manera más incisiva en el negocio, lo que despertó nuevos hábitos para escuchar música.

Por otro lado, las recurrentes crisis económicas, dice José Luis de la Cruz, especialista en Finanzas y Economía del Tecnológico de Monterrey, han orillado a la gente a reducir su gasto en entretenimiento y espacios de recreación.

Frente a eso entorno, la piratería ha aprovechado el momento, hoy un CD pirata, con todo y funda de papel celofán, cuesta 15 pesos, cuando el CD original tiene un precio de 130 pesos.

De acuerdo con la Encuesta de Hábitos de Consumo de Productos Piratas y Falsificados, elaborada por la American Chamber, nueva de cada diez mexicanos adquieren productos pirata y, entre éstos, los que más se comercializan son CDS de música o DVDS de películas y series de TV. De cada cuatro discos que se venden, sólo uno es legal y, según la Amprofón, la industria de la música apócrifa coloca en el mercado alrededor de 130 millones de copias cada año.

La “buena noticia” es que la venta de música online ha ganado terreno: de los 0.4 mdd que dejó en 2005, pasó a 51 mdd en 2012. Los 43 mdd que se vendieron de enero a septiembre de 2013 hacen pensar que la gente poco a poco va adoptando la cultura de comprar canciones en formato digital.

De vida o muerte

Las matemáticas nunca mienten. Actualmente, la gente puede adquirir en línea tracks con un costo de 0.69, 0.99 o 1.29 dólares (de nueve a 17 pesos).

La representante de la industria discográfica, Gilda González, estima que los indicadores, hablan de una recuperación que esperan siga su curso con el incremento de la venta en línea de canciones y los servicios de reproducción de música vía streaming.

Explica que la expectativa de las discográficas, cuando llegó el mp3, dibujaban un crecimiento en ventas del orden de 5% anual en este formato, pero los saltos, año con año, han llegado a alcanzar porcentajes de hasta 35%. Sin embargo, esos saltos resultan insuficientes, dado que esta tendencia se traduce en la venta de canciones, no de discos.

Aunque esta lectura podría tener su lado B: este esquema de venta por canción permitiría que gente no acostumbrada a comprar discos completos de 130 pesos, pueda adquirir temas individuales por un precio de 13 pesos. “Quizá se vendan menos discos completos, pero tendrá salida un mayor número de canciones”, proyecta la Amprofón.

Al mismo tiempo, existen condiciones que podrían significar un nicho de crecimiento para esta industria… o una piedra en el zapato. De acuerdo con la Asociación Mexicana de Internet (Amipci), sólo 45% de la población se conecta a Internet. Por otro lado, en algunas conciencias gravita la vieja idea, que surgió desde los tiempos de Napster, de que la música en línea debe ser gratuita. Al respecto, Gilda González opina que el comercio electrónico sigue siendo un tesoro inexplorado en México y, como ejemplo, consigna la llegada tardía de iTunes a México, en 2009, ocho años después de su creación.

A pesar de ello, los estudiosos de este fenómeno consideran que la industria de la música en México está pasando por una nueva etapa. El reto para los industriales estará, entonces, en tener la habilidad para inculcar en la mente de los consumidores la necesidad de pagar por este commodity.

Este desafío implica una sentencia de vida o muerte para los jugadores del sector, que deben recordar la experiencia de Tower Records, que llegó a México en 1993 y, ahora, ya sólo cuenta con cuatro tiendas en todo el país (en la Ciudad de México, Estado de México, Puebla y Monterrey); mientras que en Estados Unidos se declaró en bancarrota.

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La fase de adaptación

Charles Darwin señalaba que no son las especies más fuertes las que sobreviven, sino las que mejor se adaptan al cambio. Al respecto, la titular de la Amprofón indica que su apuesta principal, en estos años de transición, ha sido la integración de una robusta plataforma de venta y distribución de música en línea, funcional, y que dé confianza a los compradores.

Hoy, la Amprofón cuenta con 28 puntos de venta en su quiosco digital, donde están representadas firmas como iTunes, Black- Berry Music, Spotyfy, Mixup y YouTube; además de Google Play, que también forma parte de su oferta.

El mercado de la venta de música en línea se va nutriendo con la llegada de nuevos “jugadores”, y compañías telefónicas como Telcel, Movistar, Nextel o Black Berry compiten con veteranos del negocio como Mixup o iTunes. Se suman también portales como Terra o Esmas y hasta la consola de videojuegos Xbox incorpora a su sistema opciones para que los más jóvenes tengan acceso a canciones de manera sencilla.

Sin duda, el volumen del negocio se ha reducido, pero la venta de canciones puede registrar, en algún momento, un boom. Al mismo tiempo, la piratería se muestra como la principal amenaza para productores musicales, artistas e intérpretes, pero la posibilidad de tener, a un solo clic, tu canción favorita, podría hacerte cambiar tu hábito de compra.

Lo que es un hecho es que, como toda transición, ésta convertirá a algunos en piezas de museo. Así, el empeño de un par de empresarios por alimentar la nostalgia con la venta de discos
LP parece rayar en la locura. Alejandro Baeza es el socio fundador de Retroactive Records, una productora de música en acetato.

Hace ochos años, cuando inició operaciones, Retroactive Records sólo disponía de tres cajas de discos de vinilo, con 350 piezas. Actualmente cuenta con más de 50,000 títulos e ingresó a la producción de discos de vinilo, por lo que ahora le maquila a grandes sellos como Sony o Warner Music; así como a figuras como La Gusana Ciega, Carla Morrison o Los Bunkers, que financian sus propios tirajes.

En este momento, el disco más caro en el viejo mundillo del acetato es el Butcher cover o ‘disco carnicero’ de The Beatles, que fue sacado de las tiendas dos días después de ser lanzado por el impacto de ver a John, Paul, George y Ringo con batas de doctor y cargando bebés de juguete descabezados. Cuesta de 12,000 a 20,000 pesos.

Los tiempos, quién lo duda, ya son otros.

 

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