Diciembre es una buena ocasión para volver a leer la lista que hicimos el año pasado por estas fechas y darnos cuenta qué fue lo que sí logramos y qué fue lo que se quedó en el tintero. Por supuesto, los eternos buenos propósitos que giraron en torno a mejorar los hábitos alimenticios, hacer ejercicios, empezar un nuevo proyecto y todas aquellas buenas intenciones se ven tamizadas por una suerte de buenos pretextos; tan buenos que hasta los podríamos morder de lo sólidos que resultan. Pero, más allá de lo que nos decimos a nosotros mismos y de lo que nos admitimos a reconocer frente a la gente, están las verdaderas razones que nos llevaron a lograr ciertas cosas y dejar en pausa ciertas otras.

En el centro de cada uno de los motivos que nos llevaron al logro o a procrastinar ciertas acciones, está la pregunta más importante que nos tenemos que hacer. ¿Quién soy yo? Si somos capaces de contestarnos con sinceridad quien es la persona que se refleja cada vez que nos paramos frente al espejo, podremos entender mejor. En el capítulo V la historia del Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, donde se narran las desgracias de nuestro triste caballero, Don Quijote va cabalgando junto a Sancho, el famoso escudero. Don Quijote viene hablando de las maravillosas historias que salen de su mente y Sancho lo trata de hacer entrar en razón. Cervantes de Saavedra pone en voz de su personaje más emblemático las palabras más sabias proferidas por un loco:

—Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías”.

¿Quién como a Don Quijote, no le gustaría tener esas certezas? De la misma manera que el ingenioso hidalgo, a nosotros nos gustaría tener esa claridad en la identidad, ya que, de tal forma, igual que él, entenderíamos nuestras capacidades y nos sustentaríamos en ellas para lograr nuestros propósitos. Es decir, al conocer cuáles son nuestras competencias podemos ponerlas a trabajar a nuestro favor y generar estrategias para alcanzar nuestros objetivos.

El problema empieza cuando nuestros objetivos no son nuestros, sino que son de alguien más y, aunque no lo queramos admitir —a veces sucede en forma consciente y otras el subconsciente es el que manda— no nos afiliamos, no nos comprometemos y por lo mismo, no concretamos. Es así de fácil, cuando algo nos gusta, lo hacemos en forma natural y cuando algo no, lo vamos pateando para después, lo guardamos en un cajón, lo traspapelamos y así, nos encontramos a fin de año recordando por qué no fuimos a hacer ejercicio, por qué no dejamos de fumar o por qué no avanzamos en el terreno profesional.

Es fácil, porque no encontramos una motivación que nos impulsara a alcanzar estos anhelos. Más allá de lo meloso que esto puede sonar, queda lo real que es. Claro, si nos gusta darle placeres al paladar, es más fácil consentir y comernos una rebanada de pastel que decir que no. ¿Por qué tendríamos que decir que no cuando queremos decir que sí? Vamos en contra de nuestra propia naturaleza cuando generamos proyectos en los que nos enrolamos sin entender quiénes somos y luego nos sorprendemos de no haber conseguido los resultados. Es lo mismo que el que trata de acelerar cuando trae el freno de mano puesto.

Suspiramos contritos y una vez más volvemos a incluir en nuestra lista de propósitos aquello que sabemos que no vamos a lograr. Es como si nosotros siendo pianos quisiéramos sonar como una flauta. Por más que alisemos nuestras teclas, por más que extendamos las cuerdas, por más que afinemos nuestros sostenidos y nuestros bemoles, no lograremos dar las notas de una flauta. ¿Por qué? Porque no somos flautas, somos pianos. Si nos empeñamos en interpretar una partitura que no está escrita para nosotros, vamos a desafinar. Por más que nos esforcemos, no vamos a sonar como tal y jamás estaremos a la altura.

En cambio, cuando nos concentramos en nuestras propias competencias, todo resulta más sencillo. ¿Cuál es la razón? Fácil, estamos haciendo algo para lo que fuimos hechos. La energía que empleamos en hacer lo que no queremos, se potencializa al desempeñarnos en lo que nos gusta y nos hace felices. Por eso, aunque Don Quijote de la Mancha salía golpeado, roto; aunque parecía una máquina de necedades y se empeñaba en ver doncellas donde había fregonas y marqueses donde había taberneros, nada le pesaba o le pesaba bastante menos que hacer aquello que no quería.

Por esta poderosa razón, tenemos que detenernos a reflexionar en torno a la persona más importante para nosotros en esta tierra que es quien aparece en el reflejo del espejo. Mientras no lo entendamos, mientras no sepamos qué quiere, que persigue no sabremos a dónde dirigirlo ni mucho menos entenderemos a dónde queremos llegar. Lewis Caroll en Alicia en el País de las Maravillas nos deja un dialogo pertinente entre el gato Cheshire y Alicia:

“Alicia preguntó al gato: – ¿Podrías decirme, por favor, qué camino he de tomar para salir de aquí?

-Depende mucho del punto adonde quieras ir- contestó el Gato.

-Me da casi igual dónde- dijo Alicia.

-Entonces no importa qué camino sigas- dijo el Gato”.

La sociedad industrial consumista nos hace olvidar la importancia del significado. Se basa en producir más, consumir más y buscar el máximo beneficio. Lo que ocurre es que esa tríada no lleva a un mayor bienestar. Esta ideología ha producido la alienación generalizada de los productores-consumidores. ¿Puede llamarse a este resultado progreso? La lógica de la sociedad consumista, en la que tenemos mucha prisa nos ha forzado a caminar a toda velocidad sin detenemos a reflexionar qué y para qué lo queremos. La tenemos tan interiorizada que la admitimos sin ninguna objeción; cuando deberíamos caer en la cuenta de que el mensaje elogioso debería dedicar las capacidades y energía a actividades que estén alineadas con nuestras competencias.

Quiero ser clara, nadie discute que es necesario trabajar y hacer algunos sacrificios para sufragar los gastos que implica satisfacer las necesidades básicas. Sería absurdo e irresponsable pensar que la vida es un sueño color de rosa. Pero sí puede cuestionarse el esfuerzo que hacemos con el único propósito de comprar artefactos que apenas disfrutamos y de los que perfectamente podemos prescindir. Nos sobran centímetros cúbicos en nuestro coche, no utilizamos la mayor parte de la potencia del equipo de música, infrautilizamos la computadora, y la mayoría de nuestra ropa se nos pasa de moda antes de que se empiece a desgastar. Hacemos muchas cosas que no nos gustan para adquirir otras que no nos van a servir ni vamos a usar y, sobre todo, ni vamos a disfrutar.

¿No habría sido mucho más lógico detenernos a reflexionar en nuestros propósitos —personales y profesionales— y verificar cuáles no nos van a hacer más felices? Se trata de ponernos a pensar qué queremos hacer y disponer de más tiempo para dedicarlo a que aquello que sabemos que realmente nos satisface.

Por supuesto, eso sólo se logra cuando, al igual que Don Quijote, sabemos quiénes somos. Ahora, para finalizar el año, nos encontramos en una buena época para reflexionar y lograr definiciones positivas.

 

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