Por todos lados corren ríos de tinta en medios impresos y paquetes de bytes en los medios digitales en los que se dice, palabras más o palabras menos, que para que tengamos el México que anhelamos o el de siguiente nivel, es necesaria una transformación del gobierno y de las autoridades. La lógica detrás de esta aseveración es que son los gobiernos los que transforman a los países, transforman el entorno y es desde el gobierno donde se puede hacer una diferencia por el país. Si bien este argumento es muy atractivo y en una primera mirada suena muy lógico, lo cierto es que es un argumento falso y que, por el contrario, genera el efecto opuesto y nos deja teniendo justo lo que no queremos.

Aunque es claro que un mejor gobierno y gestión pública sí implican mejores bienes, servicios y políticas públicas, lo cierto es que no es precisamente desde el gobierno desde donde se da esta transformación, sino desde la ciudadanía misma. Finalmente, los funcionarios públicos son primero ciudadanos y luego funcionarios. Es decir, el gobierno es un subconjunto de la ciudadanía; surge de ésta y no en un vacío aislado de la misma. Así que los gobiernos tienen la calidad y la solvencia como la que tiene su propia ciudadanía. Esto rompe con una verdad generalmente aceptada en el México de hoy y también explica mucho de lo que hoy llaman politólogos y analistas, “el desencanto con la democracia mexicana”. Tenemos una muy razonable democracia electoral pero pocos resultados al compararnos con las expectativas que había. Por todos lados escuchamos el desencanto con los partidos, la corrupción en los tres niveles de gobierno, los moches, los intereses creados en los partidos, las malas políticas públicas, las obras públicas defectuosas, inconclusas o simplemente, con sobre costos, y los miles etcéteras. Al parecer, “todos los partidos son iguales”, ¿no será más bien que “todos los ciudadanos somos iguales”?

Seguramente voy a decir algo muy radical. En realidad, en muchas de las actividades cotidianas acaban pesando más las actividades y comportamientos de los ciudadanos, las empresas y los mercados, que la de los propios gobiernos. Existe una suerte de ecosistema social en el que nos desenvolvemos como país que acaba siendo tan importante o más que la misma calidad y solvencia del gobierno. En biología un ecosistema es un sistema natural formado por un conjunto de organismos vivos y el medio físico donde se relacionan, es decir, una unidad compuesta de organismos interdependientes que comparten el mismo hábitat. Los ecosistemas suelen formar una serie de cadenas que muestran la interdependencia de los organismos dentro del sistema.

Así, que, pensando en el ámbito social, existe un cierto ecosistema en el cual convivimos todos y en el que existe la participación e interdependencia de todos en diversas formas para que la sociedad opere de una determinada manera. Si este ecosistema es hostil hacia los negocios, tendremos que el ritmo de crecimiento y el progreso serán significativamente menores. Y ojo, porque en este ecosistema el gobierno es un jugador más e incluso a veces, el menos importante.

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Veamos algunos ejemplos en diversos ámbitos. En el caso de las empresas que no enfrentan barreras de entrada y que, por definición, no están sujetas a grandes regulaciones gubernamentales, también se ven afectadas en el ecosistema pero es por contratos que no se cumplen y hazle como quieras, la palabra que no vale, la deslealtad de algunos clientes para tratar de obtener servicios y no pagar por ellos, la lentitud en los procesos de toma de decisiones, entre otras, que acaban afectando significativamente la rentabilidad y el potencial de crecimiento. En el caso de los emprendedores y las nuevas empresas la falta de visión, de escuchar, de dar oportunidades y correr riesgos razonables nos reduce la probabilidad de éxito de estos emprendimientos. Si bien nadie es profeta en su tierra, tenemos todas estas historias que inundan las redes sociales respecto a los inventos que se realizaron aquí, pero se convirtieron éxito fuera de México porque no hubo las oportunidades para que se dieran: faltó el ecosistema para que florecieran. También tenemos el famoso ecosistema que en igualdad de circunstancias es fértil y acogedor para los emprendimientos que vienen de fuera y sumamente hostil para lo mexicano, todos alguna vez lo hemos experimentado y seguramente comentado. En otros casos, el hecho de que no tengamos “litros de a litro”, ni “kilos de a kilo” es un fenómeno entre particulares y acaba afectando de forma importante a los consumidores que pagan un precio que no corresponde a la cantidad por la que están comprando. El tan famoso llevado y traído tema de la corrupción, que sólo puede florecer en un ecosistema en el que se juzga el pedir “mordida” pero se acepta el pagarla. En el ámbito laboral, tenemos la gente que llega tarde a las reuniones, que no prepara su trabajo con anticipación, no es diligente con sus servicios o no entrega la calidad que ofrece. Todo esto tiene un impacto muy grande sobre la economía y sobre el México del siguiente nivel. En el fondo, todo esto lleva una cierta deshonestidad que poco tiene que ver con la gestión pública y que, curiosamente, se exige a los funcionarios públicos.

Es momento de crear ya el ecosistema que es compatible con el México del siguiente nivel y reflexionar respecto a dónde puedo comprometerme individualmente como parte del ecosistema que facilita el florecimiento de lo que queremos. Si seguimos individualmente y como sociedad pensando que es el gobierno el que debe corregir su operar para transformar a nuestra sociedad, estamos de alguna manera dejando de pensar en el ecosistema y en el poder que tenemos como ciudadanos para crear hoy el México del futuro. Los países son ecosistemas. Cada parte crece como una respuesta al resto de las partes.

 

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