La modernidad nos invita a buscar un equilibrio entre la vocación de la empresa y la dimensión social y económica. Y ése es el mejor camino para acabar con la pobreza alimentaria.

 

La brecha que se abre entre los que todo lo tienen y a los que todo les falta se convierte en una afrenta cuando nos topamos con el hambre. Ya sabemos que la distribución de la riqueza es desigual y que así ha sido a lo largo de la Historia. Sin embargo, el hambre es una calamidad que le roba expresión al rostro, le quita fuerza al mundo, cierra los ojos del débil y adormece la voluntad del más fuerte. Daña tanto al hambriento como a quien acaba de comer. En su último viaje a Roma, en la FAO, el presidente Peña presumió los avances en el cumplimiento de los Objetivos del Milenio: se ha logrado reducir el número de personas que viven por debajo del umbral de pobreza. Sin embargo, mientras exista un Ser Humano que padezca hambre, la Humanidad está en deuda.

El problema del hambre es tan grande que en ocasiones dejamos de verlo. Nos sentimos ajenos a la resolución o pensamos que es poco lo que podemos hacer. Tal vez no sea tan complicado y haya formas en las que podamos contribuir. Dicen que la forma más fácil de conectar dos puntos es por medio de una línea recta; lo malo es que no siempre es fácil visualizar ese trazo. Las palabras del presidente Peña me hicieron enlazar dos historias aparentemente inconexas.

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Hace años conocí a Jetto Farah, abuelo de un amigo de la familia, cuando ya era un próspero empresario. Le gustaba recibir visitas en su tienda de telas en el Centro, ofrecer café turco y platicar. Me contó que el hambre lo expulsó de Beirut. En el buque en el que salió huyendo, escuchó de un paraíso en el que había comida tirada en la calle. No lo dudó e hizo de ése su destino anhelado. Al llegar a Veracruz vio que, efectivamente, su sueño era realidad. Había una tierra de la que brotaba tal cantidad de alimento que se podía encontrar hasta en la basura. La gente tiraba la fruta que estaba manchada, golpeada y no tenía calidad de exportación. Jetto no se avergüenza al decir que el jamás volvió a tener hambre, y por ello tuvo la fuerza para trabajar y forjarse un vasto patrimonio. Su visión era distinta: él no veía basura, veía comida.

Uno de los grandes problemas de la actualidad es el desperdicio. En el afán consumista hemos llegado a confundir los desechos con basura. En un afán un tanto narcisista, dejamos de ver que lo que no me sirve a mí puede ser de utilidad para alguien más. Un desperdicio es un mal aprovechamiento de los recursos, es darle un destino fatal a lo que podría ser utilizado en otra forma o por alguien más.

La segunda historia es la de un empresario de la panificación que decidió ir en contra de las tendencias del mercado. Para cubrir la vacante de la dirección de operaciones, optó por contratar a un hombre de cincuenta, con una excelente trayectoria laboral y un gran acervo de experiencias. El nuevo director tenía la consigna de mejorar los procesos. Al caminar por la planta de producción, se dio cuenta de que había contenedores de basura llenos de pan que se desbordaban, también se fijó en que los trabajadores pasaban encima del pan, lo pisaban y lo pateaban. Es pan de segunda, está fallado, por eso va a la basura. Tiene defectos estéticos, no orgánicos. El hombre no vio basura, vio una oportunidad de negocio. Se implementó una línea de pan de segunda y se ofreció a precios accesibles en colonias marginales.

Aquí se conectan las dos historias. Con un cambio de punto de vista, un desperdicio se puede transformar en un plan virtuoso. Se puede diseñar una práctica que concilie la naturaleza misma del negocio, que es generar utilidades, y las expectativas de la comunidad, con el fin de contribuir a achicar la enorme brecha que se forma por la distribución desigual de la riqueza. Pero, hay que tener cuidado. Un prejuicio puede llevar a truncar una buena idea. ¿Cómo ofrecer un pan fallado a gente menos favorecida? ¿Cómo permitir que alguien coma desperdicio?

El proyecto de pan de segunda fue un éxito. El producto resultó ser un artículo útil ofrecido en condiciones justas. Trascendió hasta ser una actividad estratégica adicional que le dio a la empresa una línea de comercialización más, y contribuyó a fortalecer su imagen y presencia en el mercado. La bondad de este tipo de proyectos es que en ellos todos ganan: gana el consumidor, que de otra forma no hubiera podido adquirir el producto; gana la empresa, que ve aumentar sus ganancias.

Hay muchas formas en que las empresas pueden llevar a cabo contribuciones activas que coadyuven en el mejoramiento social y que además se conviertan en un proyecto rentable. La modernidad nos invita a quitarnos las telarañas del prejuicio y a ver las cosas desde un punto de vista distinto, con una visión creativa y generosa. Bajo este concepto de administración de recursos se puede agrupar una serie de políticas y estrategias, y construir sistemas de gestión sumamente rentables que busquen un equilibrio entre la vocación misma de la empresa y la dimensión social y económica.

Sí, y también es necesario poner atención, tener los pies en la tierra y dejar la costra romántica a un lado. Este tipo de planes, que tienen un alma de responsabilidad social, deben cumplir con un requisito indispensable: tienen que ser sustentables. Si se convierten en una fuente de gastos, se les condena irremisiblemente a morir. En cambio, si son generadores de riqueza, tomarán fuerza y crecerán.

Lo más importante es cambiar el punto de vista. Salir de la zona de seguridad y atreverse a ver al mundo con una visión fresca, libre de juicios preestablecidos. Es posible generar riqueza a partir de un compromiso social. Además, creo que ése es el mejor camino que podemos recorrer para acabar con la pobreza alimentaria. Poner a girar la rueda de la productividad, en la que además de generar empleos se ayude a quienes se encuentran en una posición desfavorecida, es, sin duda, un terreno en el que todos podemos ganar.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

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