Por Norbert Monfort*

Un directivo se debe valer de los límites, no para restringir a sus colaboradores y cercenar su capacidad de razonar o de tomar decisiones, sino para sostenerlos en las dificultades del autodesarrollo.

Pero ¿cómo distinguir esa delgada línea? ¿Cómo calcular las “proporciones” de disciplina, orden y exigencia necesarias? ¿Para qué debe hacer valer los límites un manager?

Estas interrogantes deberían interpelar a todo directivo. En la mitología griega, para ésta y para muchas otras disciplinas, encontramos la respuesta:

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Dédalo fue un habilísimo inventor, un arquitecto sumamente ingenioso y creativo que no cesaba de idear proyectos para el beneficio de los hombres. Tal era su talento, que llegó a ser una de las personalidades más respetables de Atenas.

Pero sus dones pronto comenzaron a alimentar su ego y comenzó a temer que alguien pudiera superarlo en capacidad. Así fue como su hermana le presentó a Pérdix, hijo de ésta, quien, también desde muy pequeño, había mostrado sumo interés en la técnica y la invención. Dédalo no tardó en descubrir el agudísimo ingenio de Pérdix. Con admiración, pero también con algunos destellos de envidia, lo vio inventar la sierra y el compás; y más tarde, la rueda del alfarero.

Los temores de Dédalo se estaban volviendo realidad y decidió, por tanto, terminar con la vida de su sobrino. Pero tan horroroso crimen no pasó inadvertido en Atenas: el cuerpo de Pérdix fue descubierto y Dédalo, condenado al exilio. Así, fue desterrado a la isla de Creta, acompañado de su hijo Ícaro.

En el destierro, Dédalo cayó al servicio del rey Minos, quien encargó al inventor más famoso de Grecia la obra que lo haría inmortal para todas las generaciones que lo sucedieron: el laberinto para el Minotauro. Esta complejísima e intrincada construcción fue encargada para encerrar y esconder a esta temible bestia, que tantos estragos había provocado. Cuando lo hubo terminado, todos estuvieron de acuerdo con que era la opus magnum de un genio. Incluso Minos, un rey de terrible carácter, así lo reconoció.

Las versiones difieren en qué sucedió luego, pero se cree que, antes de que nadie pudiera desentrañar sus diseños, Minos condenó a Dédalo y a su hijo Ícaro al laberinto para que murieran de hambre y sed.

Allí, encerrados por todas las esquinas, fue cuando Dédalo se dio cuenta de que la única salida que le quedaba era por el aire.

Dédalo, con infinita paciencia, fue recolectando plumas de diferentes tamaños y, gracias a la cera de las colmenas y al lino de las plantas, fabricó dos pares de alas, una para él y otra para su hijo. Ícaro, ajeno a los peligros que ambos corrían, se divertía correteando por los pasillos del laberinto y poca atención prestaba a los proyectos de su padre. Una vez terminada la obra, Dédalo se dispuso a explicarle a Ícaro el arte de volar, basado en el minucioso estudio que había realizado sobre el movimiento de las aves.

Cuando ambos habían entrenado lo suficiente, planificaron su escape a cielo abierto. Mas Dédalo lanzó una última advertencia a su hijo:

“Debes procurar volar por un camino medio. No desciendas mucho, pues la espuma del mar y el gran oleaje estropearían tus alas. Y tampoco te eleves imprudentemente hacia las nubes, pues el Sol derretiría la cera que mantiene las plumas unidas. Yo seré tu guía; sígueme”.

Dejamos el final en suspenso, aunque el relato es conocido…

¿Dónde está la línea entre la libertad para desarrollarse y los límites para censurar el aprendizaje? ¿Dejamos a nuestros colaboradores que vuelen alto sin reservas, sin hacer caso al poder abrasador del Sol? ¿O les damos alas para que busquen su propio camino de autodesarrollo?

Existen ciertos valores, heredados de una larga tradición, que siguen siendo válidos y, en general, todos tenemos principios que son innegociables, como el respeto; pero los límites son necesarios cuando se constituyen como guías, aun en la sociedad líquida del siglo XXI de la que nos ha hablado Bauman.

Recuerda que, para dar feedback, no es necesario pautar momentos específicos, sino que debe hacerse de manera natural y continua.

*Norbert Monfort es CEO de Monfort Ambient Management y profesor del ESADE.

 

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Twitter: @monfortnorbert

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