El tema de la inclusión no resulta nuevo en México y abarca gran diversidad de grupos que buscan oportunidades. En esta ocasión, me gustaría referirme a las personas con capacidades diferentes, que también forman un universo complejo y fragmentado. No se trata sólo de aquellos que sufren algún problema físico que los ha confinado a una silla de ruedas, sino también a quienes son considerados débiles visuales o auditivos, o aquellos que nacieron con Trisomía 21, por citar a algunos.

Estadísticas oficiales fijan en al menos 10% de la población la cifra de mexicanos con capacidades diferentes y, desde hace años, el gobierno y la iniciativa privada promueven programas que buscan incorporar ese grupo de la población al sector productivo. De hecho, la Canacintra cuenta con su propia Comisión de Fomento al Empleo para Discapacitados. Pero aun cuando no se trata de un tema novedoso, después del terremoto del 19 de septiembre sí cobró un nuevo impulso, debido principalmente a la campaña que busca que la reconstrucción de la Ciudad de México y de otras zonas devastadas sea inclusiva, como también -se asume de manera implícita- debería serlo la sociedad para lograr integrar a quienes así lo requieren, y que aún con destrezas diversas tienen derecho a desarrollarse y ser productivos.

Justo en momentos así, de crisis, es cuando surgen oportunidades que tal vez no se habrían visto en otro contexto en el que se da más importancia a lo inmediato, a lo urgente, y se deja para el largo plazo temas que son relevantes, aunque requieren más tiempo, trabajo, suma de esfuerzos y mucha planeación. Pero que también forman parte de una agenda global que exige la inclusión en todos los ámbitos y desde todas las realidades que vive México.

De hecho, el gobierno mexicano cuenta con programas de apoyo para las empresas que contratan personas con capacidades diferentes. Las Pymes pueden elegir entre deducir el 100% del Impuesto sobre la Renta (ISR) de esos trabajadores o recurrir a lo establecido en la Ley de Ingresos de la Federación, que permite deducciones de 25% del salario bruto, lo que en la mayoría de los casos resulta más conveniente. Ese estímulo aplica para personas con discapacidad motriz que requieran usar prótesis, muletas o sillas de ruedas de manera permanente, y para personas con discapacidad mental, auditiva o de lenguaje en 80% o más y para invidentes.

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Si bien es cierto que en México existen empresas que desde hace años emplean a personas con capacidades diferentes, sobre todo en la industria turística, el porcentaje de contratación no resulta significativo y los programas de inclusión, hasta ahora, resultan demasiado incipientes por falta de promoción. Es un hecho que la mayoría de las empresas aún no están preparadas para recibir a estos potenciales trabajadores y, quizá, lo que más influye en ello es la carencia de espacios físicos que les permitan movilizarse y desarrollarse adecuadamente. Y de eso, justamente, trata la campaña Reconstrucción con Inclusión, que bien podría ser tomada en cuenta por el sector productivo para iniciar lo que sería un cambio total de paradigma.

En otras sociedades ya se ha logrado romper las barreras físicas y de pensamiento que creaban discriminación hacia las personas con otras capacidades y las han incluido con gran éxito en diversas actividades productivas. En México, hay empleos que bien podrían ser tomados por algunas de ellas, como podrían ser áreas relacionadas con las cocinas y la producción de alimentos; en los centros de atención telefónica y atención al público; en los supermercados, empacadoras y similares, y dentro de las oficinas desarrollando distintos trabajos de escritorio, sólo por nombrar algunos puestos de trabajo, sin que esto resultara un menoscabo para la productividad y para las metas de las empresas.

Desde empresas inclusivas que ya tienen tiempo manejándose así, se asegura que sumar a un elemento “´diferente´ en las empresas es un catalizador de las relaciones interpersonales que hay en ese microcosmos, que genera cohesión y responsabilidad, además de estimular los mejores sentimientos de solidaridad por parte de los trabajadores”. Y esa percepción resulta una realidad. Cuando se convive de manera natural con otros, es fácil darse cuenta de que todos, de alguna u otra manera, somos diferentes, que no hay seres idénticos, así que la convivencia pasa a otro nivel, en el que el egoísmo queda relegado porque, en las adversidades, los empleados suelen ser más solidarios de lo que puede creerse.

Y, contrario a lo que muchos pudieran pensar, fomentar la inclusión no es realizar una obra de caridad o una actividad altruista, en la que se da, pero en teoría no se recibirá nada; es pensar en una sociedad más justa y equitativa, en una nueva cultura empresarial, en la que se asignan funciones las mismas funciones en trabajos accesibles a ambas competencias; en la que sí hay utilidades y beneficios para trabajadores e inversionistas que, además, permean hacia la población que se suma a este círculo virtuoso de desarrollo y complementariedad.

Es un hecho que en todas las familias y en todos los grupos siempre hay alguien que requiere apoyo. Al ser humano le gusta y le hace sentir bien saber que puede ayudar a otros; esto es un motivador para convertir a las personas en más humanas, para humanizar a las empresas y para que los gobiernos sean más apoyadores para lograr que esto se dé. Debemos tomar en cuenta que las personas con alguna discapacidad, siempre en el fondo, son mucho más agradecidas por la oportunidad que se les brinda, que aquellas que creen que el favor lo hacen ellos por el solo hecho de estar trabajando. Son dos puntos de vista totalmente diferentes, y los dos se complementan y enriquecen. Eso es una de las bondades de la inclusión.

De hecho, apenas este mes en la ciudad de Guadalajara, inició labores el Coffee Cordica 21, un espacio agradable atendido sólo por jóvenes con Síndrome de Down, y la respuesta en estos días ha sido más que prometedora, lo que nos lleva a pensar que, como todo en la vida, lo importante es dar el primer paso. Se trata de entender que el camino no es dar un encargo, sino asignar un cargo, porque quien quiere, puede.

 

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